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	<title>Lola Nuñez, autor en Página 72 Tertulia literaria</title>
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		<title>LIBROS BUENOS &#8211; LIBROS MALOS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lola Nuñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Oct 2024 12:04:49 +0000</pubDate>
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</figure>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">(LEER II)</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pertenezco a un Club de Lectura. Hace unos días escribí en el grupo que tenemos de wasap, sin una finalidad concreta, se trataba de compartir la reflexión del autor, una frase de Henry David Thoureau: “Lee los buenos libros primero, lo más seguro es que no alcances a leerlos todos.” Una frase con la que estaba de acuerdo, pensando exclusivamente en los libros en los que, según mi criterio, mis necesidades y mis gustos eran los “buenos”, los que he leído, releído, a los que acudo y otros muchos que esperan en una lista para poder leerlos. Por eso selecciono porque, evidentemente, no se tiene tiempo en una vida para leer todos los libros que uno quisiera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Enseguida empezaron a surgir comentarios en el grupo: “Los buenos libros para unos pueden ser los malos para otros”, “Libros malos ¿existen?”, “Solo los libros malos tienen buen final. Si un libro es bueno, su final siempre es malo, porque no quieres que se termine.” Todos tenían razón. Hizo que diera vueltas a la frase, aceptada por mí sin ambages, de Thoureau.&nbsp; Una afirmación que creía universal tiene múltiples variantes: No solo el criterio de buen y mal libro varía en función de cada persona, sino varía en cada persona en función también del momento vital que esté atravesando esa persona, de la edad que tenga, de las experiencias vividas, de su finalidad al leer, de los gustos que haya desarrollado, de lo que le aconsejen, del boca a boca, de la publicidad que vea de ese libro… Por ejemplo, alguien que esté en unas circunstancias difíciles de salud, no podrá leer ciertos libros que en otro momento sí le habrían gustado. Un libro que se lee con 21 años no dice lo mismo al leerlo con 51 años. La experiencia, lo vivido, ya hace que valoremos más o menos ese libro. Y si volvemos a releerlo apreciaremos cosas que nos habían pasado desapercibidas, Nabokov: “Apreciad los detalles, los divinos detalles.”</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nosotros mismos, en el Club, a la hora de elegir el libro de lectura del mes, los criterios para elegirlos son tan diferentes como número de personas hay en él. Es verdad, como dice Thoureau que no alcanzaremos a leerlos todos, pero tampoco conoceremos todas las ciudades y pueblos que existen en el mundo, ni a toda la gente que vive en él, ni abarcaremos todo el conocimiento. Y es verdad también que aceptamos que existen los clásicos, según la definición de Ítalo Calviño “aquellos libros que nunca terminan de decir lo que tienen que decir.” Libros estos, los clásicos, que todos deberíamos leer, pero no por eso, a algunos, estos libros les pueden parecer pesados, o aburridos, y no por eso no hay que respetar su criterio. Hablamos del lector corriente. El término corriente lo uso aquí como contraposición a lector especializado, no a gente corriente. Considero que cada persona es única y excepcional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ezra Pound nos dice que hay libros que se leen para que el hombre desarrolle su propia capacidad para saber más y percibir más que antes de leerlos. Y que hay libros que se escriben para servir de droga o reposo, de lechos mentales (Ezra Pound: “El ABC de la Literatura”). Pero en esta clasificación de Pound también podríamos hacer subclasificaciones. Si se trata de saber más, ¿de qué queremos saber más, de veterinaria, de mecánica, de física…? o, por el contrario, no queremos leer para saber más, sino simplemente para entretenernos, para pasar el rato o para meternos en una historia que nos fascine, que puede ser de amor, de venganza, de heroísmo o cualquier otra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hablar de libros buenos o malos puede parecer, es, simplista. Hay muchas connotaciones en esos términos y cada persona es libre y soberana para leer aquello que le parezca y tenga a bien. Puede que, si nos explicaran a cada uno el <em>Ulises, </em>de James Joyce, un libro aceptado por la mayoría como clásico, a la vez que “difícil” (aunque tiene seguidores en todo el mundo, muchos de ellos se reúnen en Dublín cada 16 de junio para comer hígado de cerdo y otros alimentos), no se darían tantas deserciones en su lectura, pero tampoco se trata de recibir una explicación académica para admirar y comprender una obra de arte, sea del tipo que sea. Es el gusto de cada uno el que debe decidir sobre si el libro cumple el objetivo por el que lo lee o no. Si le satisface.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Continuamente aparecen también listas del tipo “Libros que deberías leer alguna vez en la vida”, o “Los diez libros imprescindibles para el escritor X”. O “Libros para regalar esta Navidades”, o en verano, o para leer en la playa, etc. Ninguna lista coincide porque cada escritor, cada periodista, cada editorial tiene sus imprescindibles, lo que no quita para que otros no les parezcan importantes, pero no pueden incluir todos los títulos en una lista, porque esta sería interminable. Además de, a veces, compartir intereses que tienen que ver más con la comercialidad que con la calidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así como comencé con Thoureau, cuya frase se tambalea con las opiniones de esos miembros del club que ha dado origen a esta disertación, acabaré con la siempre, para mí, certera, Virginia: “…Permitir que unas autoridades, por muy togadas que estén, entren en nuestras bibliotecas y dejar que nos digan cómo leer, qué leer, qué valor dan a lo que leemos es destruir el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios” (Virginia Woolf: <em>El Lector Común).</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Habrá que someter la opinión de Virginia Woolf a un nuevo análisis de los “lectores comunes” que formamos ese Club de Lectura. Espero que, esta vez sí, lo que pensaba Virginia sea compartido por todos… O no.</p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph">Lola Núñez Martín</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>¿Por que leemos?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lola Nuñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 Sep 2024 11:14:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creación]]></category>
		<category><![CDATA[Trabajo Lola Núñez 2024]]></category>
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<p class="wp-block-paragraph">(LEER I)</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me refiero a leer por puro placer. Coger un libro, abrirlo y empezar a leer. Leemos por obligación cuando estamos en la escuela, en el colegio, o en la Universidad. Pero me refiero a leer por gusto. Sin que nadie nos obligue. Aunque no hayamos estudiado nada. Ni nunca. Leer Literatura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;&nbsp;La lectura, ¿nos hace mejores?, ¿más inteligentes? ¿Por qué aceptamos sin titubear que Flaubert con <em>Madame Bovary</em>, o Cervantes o Shakespeare o ese hombre que se despierta una mañana convertido en insecto y más, muchos más, son Patrimonio de la Humanidad? Seguimos leyendo, a través de los siglos, a pesar de las modas, en tiempos difíciles como estos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mircea Cârtârescu nos dice que la lectura no nos ayuda a ser más culto, sino a ser una persona más verdadera. A entender mejor la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;Cada persona tendrá una respuesta si le preguntamos por qué lee. Una dirá que le gustan las novelas de amor, a otra le aburrirán y leerá una de intriga, o de acción, o de ciencia-ficción, o biografía, ensayo, o le gustarán todas. Para unos, Jane Austen será antigua, otros dedicarán su vida a estudiarla. Pero todos, al leer, nos sumergimos en el mundo que ha creado el autor. El libro que uno leyó de un tirón, otro dirá que no pudo pasar de la tercera página. Uno querrá leer a los clásicos, otros a los superventas. O descubre un autor al azar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Leemos y, al hacerlo, compartimos otras vidas, otros puntos de vista, otros mundos. “Yo empiezo a leer y es que no oigo ni el tapón de la olla exprés”. Esto oí a un ama de casa que, en mitad de la mañana, cogía un libro y, palabra tras palabra, se enganchaba a la lectura y no podía parar de leer. Hubiera querido que la hora de la comida se encontrara lejos. El ruido del tapón de la olla no le afectaba porque no lo oía, sumergida en la lectura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;Al leer, aprendemos de otras vidas, para la nuestra. La lectura nos hace pensar, imaginar, plantearnos situaciones, ser críticos. La palabra cura, enseña, reconforta. Ha habido momentos que a la palabra se le ha considerado subversiva y se han quemado libros y encarcelado escritores. ¡Qué poderosa debe ser! Incluso en la actualidad se están prohibiendo obras. Siempre da miedo esto.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Puede que ante la pregunta ¿por qué leemos?, si nos la hicieran de repente, no supiéramos qué contestar, pero todos sabríamos contestar a la pregunta ¿cuándo empezaste a leer? Unos desde pequeños, con los cuentos, a otros, el cine les ha llevado a la literatura. Habrá algunos que cogieron un libro por casualidad y les resultó tan placentero que siguieron leyendo. O una experiencia le llevó a ello. Por ejemplo, Jose Luis Sampedro cuenta que se hizo lector el año que pasó en un pueblecito soriano. El, que venía de Tánger, ciudad cosmopolita en los años veinte, se encontró un mundo radicalmente opuesto. Lo salvó de la soledad un cuarto trastero, que encontró lleno de libros. Se sumergió en aquellas páginas y dejó de estar solo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora, una nueva generación se ha iniciado en la lectura con Harry Potter. Será interesante conocer su evolución, tan unida esta generación a los móviles y a otras pantallas. Continuamente nos dicen que el libro va a desaparecer. Quién sabe si lo hará más pronto que tarde, pero ahí sigue.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al leer, estamos solos ante el papel y las letras. No hay imágenes, ni gente gesticulando como en el teatro o en el cine. Aun así, leemos. Entonces, al leer, por algún proceso que se desarrolla en nuestro interior y es individual de cada uno, nos sumergimos en esa trama que alguien inventó, y hace que lo vivamos intensamente, como parte de la vida, como si fuese el mundo real.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;Puede que, al comentar un libro, guste a otra persona. Habremos encontrado, entre él o ella y nosotros, un lugar común.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;Tenemos que estar agradecidos a los autores por crear esas obras. Porque, no nos olvidemos, las palabras son caprichosas, a veces juegan con nosotros. ¿Quién no tiene la experiencia de, al intentar decir o escribir una palabra en una frase, no poder dar con la maldita palabra?&nbsp; Puede convertirse también en un arma de doble filo, a P. de Mac-Mahon, Mariscal de Francia, le ocurrió que, tratando de explicar los estragos de la fiebre tifoidea, le soltó a su auditorio:</p>



<p class="wp-block-paragraph">-La fiebre tifoidea es algo terrible: o te mata o te deja idiota. Lo sé bien porque la tuve.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Razones estas, escoger palabras con precisión, que nos llevan a valorar más a los escritores que han sido capaces de conseguirlo. Que convierte la obra de algunos en obras de arte ¿A través de qué mecanismos llegan a lograrlo? No se puede expresar mejor que como lo expresó Rainer María Rilke:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“Se debería esperar y acumular sentido y dulzura, y solo después, muy al final, quizá se pudieran escribir diez líneas que fuesen buenas. Pues los versos no son, tal y como la gente cree, sentimientos. Son experiencias. Hay que ver muchas ciudades, personas y cosas. Tiene uno que conocer a los animales, tiene uno que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimientos hacen las flores al abrirse… pensar en despedidas que hacía tiempo se veían llegar…en días de la infancia que aún siguen siendo un misterio. Tiene uno que tener recuerdos de muchas noches de amor, de gritos de parturientas…Pero también tiene uno que haber permanecido sentado junto a los muertos. Y aun así no es suficiente, aunque uno tenga recuerdos. Hay que poder olvidarlos y tener infinita paciencia para esperar que vuelvan…Y entonces, puede suceder, que, en una hora muy rara, del centro de ellos, se eleve la primera palabra de un verso.”</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Una persona elige un libro, lo abre y empieza a leer. Y hay veces en que la compenetración entre autor y lector es tan grande, conectan tan bien uno y otro, que el tiempo no pasa, el tapón de la olla no se oye y a la silla le ha salido un imán que no le deja a uno levantarse. Pero antes de llegar a este momento, el autor experimentó, conoció ciudades, hombres, mares y caminos, amó, sufrió, olvidó, recordó y, después de esto, mucho después de todo esto, fue generoso y escribió.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lola Núñez Martín</p>
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		<title>Vuelvo a la Magdalena</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lola Nuñez]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 15 Aug 2024 23:52:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Creación]]></category>
		<category><![CDATA[Trabajo Lola Núñez 2024]]></category>
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<figure class="wp-block-image size-full is-resized"><img decoding="async" width="275" height="184" src="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/08/Magdalena.jpg" alt="" class="wp-image-2237" style="width:509px;height:auto" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Vuelvo a La Magdalena, a la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, a la U.I.M.P. A Santander.</p>



<p class="wp-block-paragraph"> Fue una tarde cualquiera, estaba rodeada de encinas en la hermosa dehesa extremeña. Al abrir el ordenador, sorpresa y más que sorpresa: Los cursos de verano de esa Universidad estaban ya abiertos. El pulso se me aceleró y la ilusión por volver, volver, hizo que enseguida buscara qué podía interesarme de ellos. Y allí estaba, «<strong>La Casa como Ámbito Literario»</strong>, de Pilar Adón. Ya no vi más. Yo tenía que habitar la casa que proponía Pilar. No conocía a la escritora, pero ese título que había puesto Pilar para su taller me atraía como me atraía La Magdalena y como me atraía el recuerdo de otro taller, de compañeros queridos y sabios,de esos ámbitos. Además, Pilar traía a mi querida Virginia de la mano. Nada me detendría. Aunque rodeada de encinas, yo ya olía a mar, ya subía la cuesta del Palacio, rodeada de pinos, mirando, mientras subía, el Cantábrico, deseando llegar a «la casa» de Pilar. La busqué por las redes, vi sus vídeos, había recibido el Premio Nacional de Narrativa 2023, además de otros, conocí sus libros, sus poemas. Hechos los trámites para la matrícula, en mi pueblo dicen «la primera en la frente», y eso fue justamente lo que pasó. A los tres días recibo un correo, no se podía ir a pagar el taller, la avalancha de gente había sido tal que la secretaría de la Universidad estaba desbordada. No daba crédito. No había vuelto desde 2019, cuando otro impulso me decidió. El impulso, en ese caso, se llamó «Camino a Ítaca» y el taller lo daba Charo Ruano. Fue una de las mayores experiencias literarias de mi vida y el inicio de amistades duraderas. Nos prometimos volver todos cada verano sin saber que los veranos se verían interrumpidos por una pandemia desconocida, maligna y traicionera. Pero a pesar de todo lo pasado, aquí seguíamos el grupo de Santander, los poetas de Santander. Los amigos. Juntos en la distancia habíamos sorteado pandemia y otras cosas. Sería difícil volver a coincidir todos, parte  o varios, pero había que volver.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las dificultades no se solventaban. Mis llamadas a la Universidad, diarias. La paciencia de M. y M., quienes ya me eran conocidas a través del teléfono, infinita. Gracias a todo el personal de la U.I.M.P., los problemas ya no eran problemas. El taller estaba concedido, aunque en las Caballerizas de Palacio no había residencia, tenían conciertos con otras residencias. Mi amiga M.J., del grupo de Santander se unió, después de múltiples dudas, no a ese , a otro curso, pero los mismos días. Iríamos juntas. Los astros se aliaban. </p>



<p class="wp-block-paragraph">«La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo» (Demian. Hermann Hesse). Allí estábamos las dos. El camino a Santander, a La Magdalena, era, con nuestros deseos, inquietudes, problemas vitales, conversaciones compartidas, un camino, más que a la Universidad, hacia nosotras mismas. Hacia nuestras ansias de escritura, de literatura. Hacia nuestras almas de escritoras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ya estábamos en Palacio. Había que acreditarse. Con todos los que coincidimos iban al curso de Pilar y los que no iban, añoraban no haberse inscrito en él.</p>



<p class="wp-block-paragraph"> El grupo estaba formado, la clase reunida. Apareció ella. Joven, cercana, amable, simpática, más tarde descubriría que generosa. Se iniciaron las presentaciones. Veinte escritores deseando entrar en cualquier casa que nos propusiera Pilar, entregados. El mar al fondo. La foto perfecta. La Magdalena nos volvía a recibir con sus mejores galas, sus maderas nobles, sus muebles de época. Veníamos de todas partes, del norte, del sur, de Alemania, de Italia y Pilar, cada día iba desgranando a los visitadores que venían a su casa que ya era nuestra también. Y fuimos saludando a Flannery O´Connor, Virginia Woolf, Emily Dickinson, Louise Glück, Shirley Jackson, Cristina Fernández Cubas, Thoureau, y otros a los que recibimos también encantados, como Iris Murdoch, Mircea Cârtârescu, Jon Fosse y tantos otros. Era inevitable no entrar. Y los veinte escritores hicimos de anfitriones, junto a la dueña de la casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y el grupo se fue cohesionando. Y como cuando se alían los astros se alían para todo, pues esos días también se celebraba FELISA, la Feria del Libro de Santander, donde escuchamos a Rosa Montero, Sabina Urraca, Leonardo Padura, de nuevo nuestra querida Pilar, Rodrigo Cortés, etc. entre otros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Noches de pinchos, de paseos por la bahía, y de estudio, trabajos y lecturas. Y una se iba dando cuenta que el tiempo va pasando y que una no da para más. Pero también que el cansancio se quitaba cuando subías al día siguiente camino de la Magdalena, ese Palacio que Galdós veía construir desde su casa de «San Quintín» y que ahora nosotros habitábamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y llegó el último día. Y nadie quería abandonar la casa. Y leímos nuestro propios relatos, esos que nos había ido dejando construir la casa. Y los aplausos por el trabajo bien hecho y la generosidad de Pilar y Enrique, dos personas que aman y cuidan de los libros y, a veces, regalan. Y esos veinte escritores nos volvimos a desperdigar por la geografía española y europea. Con Santander en el corazón.  </p>



<p class="wp-block-paragraph">«&#8230;Decir adiós: gritar porque se está/ diciendo/ y llorar porque no se dice nada&#8230;» (Despedida. Francisca Aguirre).</p>



<p class="wp-block-paragraph">  </p>



<p class="wp-block-paragraph"> </p>
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