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	<title>Opinión archivos - Página 72 Tertulia literaria</title>
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		<title>LOS SURCOS DE MADRID</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lázaro Caldera]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 16 Feb 2025 09:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Papeles en los bolsillos]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>He paseado por Lavapies creyendo que estaba en un lugar perdido entre África y la India. He caminado por el Retiro escuchando al menos diez lenguas distintas. He pateado por Gran Vía barajando tantas maneras diferentes de sonreír, de mirar, de llorar, de sufrir y de amar, que dentro del imposible que supone descifrar de dónde parte el tribalismo pueril del nacionalismo, solo cabe encontrar una respuesta: que les den. A Madrid, como a todas las ciudades del mundo, la inventaron unos farsantes, unos oportunistas, unos ladrones, unos mitómanos, personajes más o menos importantes, que siempre necesitaron de una miríada de esclavos de cuerpo y alma para que sus pretensiones cobrasen sentido.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>A Madrid la levantó, como a todas las ciudades, la necesidad de quiénes la habitaron y la habitan</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="942" src="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/madrid-2-1024x942.jpg" alt="" class="wp-image-2889" style="width:636px;height:auto" srcset="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/madrid-2-1024x942.jpg 1024w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/madrid-2-300x276.jpg 300w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/madrid-2-768x707.jpg 768w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/madrid-2-1536x1413.jpg 1536w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/madrid-2-2048x1884.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Hace unas semanas vi <a href="https://www.filmaffinity.com/es/film323900.html"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-vivid-cyan-blue-color">Surcos</mark></a>, un clásico del cine español lógicamente sepultado por la propaganda de la dictadura, más pendiente de la copla barata y del enaltecimiento del nacionalcatolicismo que de retratos más o menos mordaces de sí misma. La película, una maravilla que no parece rodada en el 51, es un grito tan amplio contra tantas cosas, que es imposible quedarse en una sola pasada. Merece muchas. Pero es ante todo un grito contra la ciudad. Y <strong>Madrid, en ese blanco y negro que rodó José Antonio Nieves Conde, se exhibe como una jungla increíblemente similar a la de hoy</strong>. Madrid, selva de hormigón y de pretensiones que he vuelto a visitar como si me quisiese decir otra vez algo. Extremeño perdido de nuevo entre los surcos de la ciudad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Creo que los extremeños tenemos una relación extraña con Madrid. Yo la tengo, desde luego. Los cantos de los canarios en los balcones y las raciones de ibéricos que se reparten en las tascas, como las paletillas que cuelgan en las carnicerías y en los mercados, se me presentan como el diezmo de un vasallaje incansable. Y en ese pernicioso intercambio, solemos vernos orgullosos, como si la compraventa del bien nos reportase un beneficio emocional del que evidentemente no disfrutamos, salvo cuando nos invitan a participar en el banquete, que es en contadísimas ocasiones. Un banquete donde es complicado alcanzar una mínima parte de lo ofrecido. <strong>Porque a Madrid, como a todas las capitales, le pasa lo que al monstruo que se terminó devorando a sí mismo</strong>. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Le pasa a Londres, a Nueva York, a Berlín, a París. Todas empiezan y continúan devorando almas. Madrid empezó devorando almas andaluzas, castellanas, extremeñas, y ahora anda comiendo almas de inmigrantes latinos, orientales y africanos a una velocidad tan enorme, que para cuando la digestión termine, es muy posible que expulse un nuevo continente. No es extraño que se revuelva buscando su imagen perdida en un espejo que ya no existe. Pero, ¿qué imagen?</p>



<p class="wp-block-paragraph">A Madrid la hicieron más por capricho que por necesidad. De Felipe II, que conste. De ahí que crezca en importancia una identidad, una necesidad de continuo reciclaje del casticismo y de extrema importancia y diferenciación que ralla en el complejo, sobre todo con Barcelona. <strong>Lejos del debate puramente histórico y social, a Madrid la levantó, como a su absurda competidora y como a todas las ciudades, la necesidad de quiénes la habitaron y la habitan.</strong> Y hoy habita Madrid, monstruo inacabable y hambriento, tanta gente tan diferente, tan lejos de ser lo que desde según qué pulpitos se pretende por auténtica, que es imposible trazar su principio, pero muy seguro ver su final. ¿Qué es Madrid? ¿Dónde empieza? <a href="https://www.youtube.com/watch?v=RmDBAZqE7O8"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-vivid-cyan-blue-color">¿A quién le pertenece?</mark></a></p>



<p class="wp-block-paragraph">He paseado por Lavapies creyendo que estaba en un lugar perdido entre África y la India. He caminado por el Retiro escuchando al menos diez lenguas distintas. He pateado por Gran Vía barajando tantas maneras diferentes de sonreír, de mirar, de llorar, de sufrir y de amar, que dentro del imposible que supone descifrar de dónde parte el tribalismo pueril del nacionalismo, solo cabe encontrar una respuesta: que les den. <strong>A Madrid, como a todas las ciudades del mundo, la inventaron unos farsantes, unos oportunistas, unos ladrones, unos mitómanos, personajes más o menos importantes, que siempre necesitaron de una miríada de esclavos de cuerpo y alma para que sus pretensiones cobrasen sentido.</strong> </p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy, que parece tan fácil pensar en cualquier final, en la expulsión de los que un día clavaron los dedos en la tierra para hacer surgir al monstruo, la mejor forma de ver Madrid es mirando una película de posguerra, olvidada, como toda la memoria de una jungla que traga y no descansa en su empeño de devorar almas. Lo único que ha cambiado, por increíble que pueda parecer, es el color. Lo demás, basta con dar un paseo, sigue en su sitio. Mismo escenario, y quizás, eso sí, distintos actores. Los surcos siguen dibujados en la tierra. Basta con rascar un poco para alcanzar a verlos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>LA SORPRESA DEL CAMINO</title>
		<link>https://www.pagina72.es/2025/02/09/la-sorpresa-del-camino/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lázaro Caldera]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 09 Feb 2025 09:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Papeles en los bolsillos]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A mis recién cumplidos dieciocho se me estaba cargando de unas responsabilidades que no entendí mías. Pero asumo ahora, demasiado tarde quizás, cada vez que preparo alguna escapada, que el viaje fue y es eso. Ni la impaciencia, ni una estación en Alicante, ni el abrazo de unos amigos que esperan. La mochila que no quise llenar entonces y he llenado después con momentos recogidos de la memoria despedazada por las ruedas y los motores de tantos aviones, y que tenía que haber sentido como parte de la ruta, de la inesperada iniciación. De la vida, que jamás vende billetes que no se está dispuesto a comprar, ni fleta vehículos a los que no se está dispuesto a subir. Lo demás, lo inesperado, es el camino. Y nada, nada que se planea, tiene visos de mejorar nunca su profundidad y su capacidad de sorprender.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Ningún viaje es el primero hasta que no se hace en absoluta soledad</strong></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large is-resized"><img decoding="async" width="2560" height="1440" src="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/9feb-edited-scaled.jpg" alt="" class="wp-image-2877" style="width:705px;height:auto" srcset="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/9feb-edited-scaled.jpg 2560w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/9feb-edited-300x169.jpg 300w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/9feb-edited-1024x576.jpg 1024w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/9feb-edited-768x432.jpg 768w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/9feb-edited-1536x864.jpg 1536w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/02/9feb-edited-2048x1152.jpg 2048w" sizes="(max-width: 2560px) 100vw, 2560px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">El viaje más largo que he hecho por carretera fue en 2009. Pillé un bus a las ocho o nueve de la tarde, y llegué casi doce horas después a Alicante. Desde allí en tren hasta la sierra, una hora después. Crucé España prácticamente de punta a punta y casi en línea recta, para visitar a unos amigos que había conocido pocos meses antes en un campamento. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Estaba deseando llegar. Fue un viaje terriblemente largo, con muchas paradas, de esas que interrumpen el sueño precisamente cuando es más necesario. De esos en los que alguien desconocido te pregunta dónde vas, qué tramas, y no siente curiosidad por tu nombre hasta pasada, por lo menos, la media hora de conversación. Fue también mi primer viaje en solitario, con todo lo que eso significa: el primer viaje para el que me preparé enteramente la maleta, el primer viaje al margen de una clase de instituto. El primer viaje que decidí emprender por mí mismo. En definitiva, el primer viaje. <strong>Porque ningún viaje es el primero hasta que no se hace en plena y absoluta soledad, al menos en uno de sus tramos. Y qué viaje.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora, pasado el tiempo, valoro aquella hazaña con ternura. El yo de hoy acariciando la cabeza del yo de entonces, con una sonrisa tibia, con mensajes de celebración nada efusivos. Como un hermano mayor, o un padre jovencísimo, orgulloso, sabedor de que se vendrían aventuras mucho menos amables o peor, inesperadas. <strong>La vida en un macuto que nunca está lo suficientemente preparado para el siguiente autobús</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Despúes siguieron días, meses y años en que tocó viajar más por cierta obligación que por placer. A aquel billete le siguieron tantos que no cabrían siquiera en la escueta mochila que elegí para la improvisada aventura alicantina. <strong>Pero cabría, en un pequeñísimo hueco, al fondo, todo lo que fui dejando por el camino, por pura impaciencia, y que hubiese merecido la pena saborear con más determinación en su momento</strong>. El instante en que llegué a Ciudad Real, siempre ignorada. La conversación con aquella chica rumana que salía de su país por primera vez y llegó a España tras una odisea de casi un mes. El señor que me pidió que le despertase a la altura de Albacete porque «quería ver si los campos seguían igual que cuando era chico.» El padre de dos hijos que viajaban solos, y que me pidió por favor que estuviese al tanto de ellos, que tenían que bajarse en Murcia. A todo dije que sí, claro, no sin cierta incomodidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A mis recién cumplidos dieciocho se me estaba cargando de unas responsabilidades que no entendí mías. Pero asumo ahora, demasiado tarde quizás, cada vez que preparo alguna escapada, que el viaje fue y es eso. Ni la impaciencia, ni una estación en Alicante, ni el abrazo de unos amigos que esperan. La mochila que no quise llenar entonces y he llenado después con momentos recogidos de la memoria despedazada por las ruedas y los motores de tantos aviones, y que tenía que haber sentido como parte de la ruta, de la inesperada iniciación. De la vida, que jamás vende billetes que no se está dispuesto a comprar, ni fleta vehículos a los que no se está dispuesto a subir. Lo demás, lo inesperado, es el camino. Y nada, <strong>nada que se planea, tiene visos de mejorar nunca su profundidad y su capacidad de sorprender.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>LA TIERRA QUE SOMOS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lázaro Caldera]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 02 Feb 2025 09:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Papeles en los bolsillos]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Si es verdad que no hay nostalgia peor, comprendo y entiendo que la felicidad del regreso no está en el reencuentro, porque siempre es doloroso observar que nada se mantiene tal cual lo deseamos, sino en entender que el verdadero tesoro es ser capaz de convivir con el peso del tiempo y sus consecuencias. Entender que lo que fuimos sigue vivo entre las piedras que se caen, y lo que ayer era una viga de madera que sostenía la techumbre del hogar, hoy es una hiedra que mantiene involuntariamente juntas las venas de la débil estructura que queda en pie. También somos eso.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Hay que ser valiente para afrontar todo sentimiento de huida</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img decoding="async" width="1024" height="768" src="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/puertajerez-1024x768.jpg" alt="" class="wp-image-2803" style="width:522px;height:auto" srcset="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/puertajerez-1024x768.jpg 1024w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/puertajerez-300x225.jpg 300w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/puertajerez-768x576.jpg 768w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/puertajerez-1536x1152.jpg 1536w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/puertajerez-2048x1536.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Me gusta detenerme, cada vez que paseo por el campo, en cada vestigio del pasado que la naturaleza va haciendo suyo con paciencia, con un tesón lento cuyo ritmo no ha cambiado durante milenios, y que solo el clima y los escasos caprichos del entorno hacen avanzar más rápido o ralentizar sin compasión. Se me hace imposible no reconstruir la foto de lo que sería un cortijo vivo donde se trabaja sin descanso desde el avasallamiento y la injusticia, una antigua alquería donde hoy solo hablan las higueras y los helechos, o las bocas hechas caliza de un pueblo que emerge cuando el agua ya no es capaz de aferrarse a sus labios. <strong>Pienso en las palabras que hay incrustadas en cada centímetro de pared, de piedra. Y en quienes las pronunciaron. Y pienso además, si tuvieron la valentía de regresar para escucharlas de nuevo</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Procuro empatizar profundamente con quienes levantaron cada pared y supieron darle forma a un techo y saberlo suyo, porque con el tiempo, o muy seguramente nada más haberlo puesto, ya sabían cuánto les quedaba dentro. Y lo que les obligaría siempre a estar fuera. <strong>Convivir con la idea de la eterna huida. Y hay que ser valiente para afrontar ese sentimiento.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La forma más dolorosa que tiene la nostalgia de manifestarse es, sin ningún género de dudas, la invisibilidad, la ausencia. Ya lo cantó Sabina. Si es verdad que no hay nostalgia peor, comprendo y entiendo que la felicidad del regreso no está en el reencuentro, porque siempre es doloroso observar que nada se mantiene tal cual lo deseamos, sino en entender que el verdadero tesoro es ser capaz de convivir con el peso del tiempo y sus consecuencias. </p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Entender que lo que fuimos sigue vivo entre las piedras que se caen, y lo que ayer era una viga de madera que sostenía la techumbre del hogar, hoy es una hiedra que mantiene involuntariamente juntas las venas de la débil estructura que queda en pie. También somos eso.</strong> </p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso abogo por regresar siempre a donde se fue feliz, o simplemente, a donde se estuvo. Porque regresar no es quedarse, es simplemente mirarnos dentro desde fuera, y comprobar que seguimos creciendo desde donde nos sembraron, o desde donde tuvimos la dicha de ser trasplantados. Somos esquejes de un yo que un día cayó en un pedazo insignificante de tierra y que a fuerza de causalidades, ha sido y es capaz de sobrevivir en otros suelos. No hay que temer acercar el ojo a la mirilla de ayer. <strong>Es peor quedarse mirando a la mirilla de mañana sin tener claro si toda la tierra que un día pisamos mereció nuestra simiente.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>SONRISA AZUL</title>
		<link>https://www.pagina72.es/2025/01/26/sonrisa-azul/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lázaro Caldera]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 26 Jan 2025 09:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Papeles en los bolsillos]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>No hay color que defina el noble acto de desaparecer, y bien haríamos en apuntarnos a lo verdaderamente transgresor de este tiempo: no ser nadie donde nadie nos espera, que es en la nebulosa de los bits, y serlo todo para quienes están presentes todo el rato, en una mesa, todos los días posibles, dos habitaciones más allá en el mismo pasillo, al otro lado del teléfono, en el asiento de al lado, o arriba o abajo en el mismo edificio. Como mi padre, asceta tecnológico, y todos los padres, madres y seres que aún respiran sin perfil y sonríen desde el azul, ausentes en esta esquizofrenia absurda que trata de buscarle explicación a todo, desde los colores hasta las matemáticas emocionales, en lugar de remedio. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>No hay color que defina el noble acto de desaparecer</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="880" src="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/azul-1024x880.jpg" alt="" class="wp-image-2784" srcset="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/azul-1024x880.jpg 1024w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/azul-300x258.jpg 300w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/azul-768x660.jpg 768w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/azul-1536x1319.jpg 1536w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/azul-2048x1759.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Recuerdo que era lunes, y cuando llegamos al trabajo, una compañera entró a la residencia con cara de no haber dormido en tres días, quejosa, cansada, derrotada. «No te culpo, es normal. Blue Monday feeling», espetó otra en perfecto inglés <em>glosteriano</em>, apurando un cigarro, con la cara aún más gris, como esos cielos que cubren la muerte en el estuario del infinito Severn, ese río inglés que se despide dejando lenguetazos de barro en brillos de cobre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Jamás supe de la existencia de un lunes azul que justificase el infinito sopor de un preciso lunes de mediados de enero, o de todos los lunes de enero, y si apuramos, del invierno. No les culpo ahora, desde mi regreso, a ninguna de aquellas sufridas cuidadoras, ni a nadie en una situación semejante: ese sentimiento tan hondo, rayando la depresión postvacacional, lo convirtió en ecuación un científico de la Universidad de Cardiff,  <a href="https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/blue-monday-2024-verdadero-origen-dia-mas-triste-del-ano_21380"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-pale-cyan-blue-color">Cliff Arnall</mark></a>, aplicando variables tan dispares como el tiempo empleado en viajes, el gastado en momentos de estrés o en actividades culturales. <strong>Una suma de inversiones con esa moneda aparentemente infinita, el tiempo, que repartidas en cantidades más o menos asumibles, dan como resultado una alegría desproporcionada o la mayor de las miserias emocionales</strong>. Casi siempre, no sabemos por qué, de las segundas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No reparé jamás en esa responsabilidad dada al azul en un lunes de mediados de enero porque <strong>achaqué a muchas otras cosas mis probables depresiones</strong>: a una nómina que no llegaba, a una muerte inesperada, a otro adiós, a un cielo plomizo que no daba tregua el fin de semana, único espacio temporal medianamente disfrutable, a otro viaje cancelado que retrasaba aún más mi presumible vuelta, a tantos reencuentros nunca confirmados. No, la culpa nunca la tuvo un lunes, ni el azul, ni una ecuación surgida de una mente más o menos brillante de una universidad británica. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora, desde mi regreso, creo entender de dónde bebe ese sentimiento, y como cada vez que se le da pávulo desde el extremo altavoz de una red social o un medio de comunicación a cualquier teoría despiada, <strong>pienso en mi padre y en su total ascetismo tecnológico: </strong>ausente en Facebook, Instagram, TikTok y todo lo que se le parezca, presente en Whatsapp solo para lo imprescindible. Que llama, llama siempre, para lo que sea, huyendo de la impersonalidad del texto, como de las noticias que le suenan lejanas y de las cercanas cuando las huele borrachas de odio y resentimiento. Madridista militante más pendiente de quién juega, por qué y cómo, que de quién dicen que va a venir y para qué. Chapuzas de Youtube, oyente fiel de Radiolé y amante hasta sus últimas consecuencias. <strong>Guardián invisible en un universo donde para ser alguien no basta con respirar, sino existir dede un perfil.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay color que defina el noble acto de desaparecer, y bien haríamos en apuntarnos a lo verdaderamente transgresor de este tiempo: no ser nadie donde nadie nos espera, que es en la nebulosa de los bits, y serlo todo para quienes están presentes todo el rato, en una mesa, todos los días posibles, dos habitaciones más allá en el mismo pasillo, al otro lado del teléfono, en el asiento de al lado, o arriba o abajo en el mismo edificio. Como mi padre, asceta tecnológico, y todos los padres, madres y seres que aún respiran sin perfil y sonríen desde el azul, ausentes en esta esquizofrenia absurda que trata de buscarle explicación a todo, desde los colores hasta las matemáticas emocionales, en lugar de remedio. </p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>SIEMPRE TODAVÍA</title>
		<link>https://www.pagina72.es/2025/01/12/2744/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lázaro Caldera]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 12 Jan 2025 09:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Papeles en los bolsillos]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Tuvo que venir una pandemia a enseñarnos lo que era la normalidad desde la novedad del cataclismo. Nos inventamos la nueva normalidad porque, reconozcámoslo, nos manejamos regular en la de siempre. La nueva normalidad de entonces abandonaba los besos y los abrazos y ampliaba las distancias. La nueva normalidad de ahora es la de siempre con la salvedad de estar muy lejos de aquel tiempo, que parece casi prehistórico, en que estar sentado en la terraza de un bar era un privilegio. Tanto es así que a día de hoy es una cuestión tan política como los impuestos, las huidas por Europa, recordar a dictadores muertos o unas campanadas. La normalidad es eso que llenamos de promesas y buenos propósitos para jurarnos que pese a todo, sigue mereciendo la pena. Aunque sea a costa de compatibilizarlo con una mala digestión de libertades.</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>La normalidad es eso que llenamos de promesas y buenos propósitos para jurarnos que pese a todo sigue mereciendo la pena. </strong></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1006" height="1024" src="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/IMG_20250111_124635-1006x1024.jpg" alt="" class="wp-image-2745" srcset="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/IMG_20250111_124635-1006x1024.jpg 1006w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/IMG_20250111_124635-295x300.jpg 295w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/IMG_20250111_124635-768x782.jpg 768w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/IMG_20250111_124635-1509x1536.jpg 1509w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/IMG_20250111_124635-2012x2048.jpg 2012w" sizes="(max-width: 1006px) 100vw, 1006px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Dar un paseo por cualquier calle de cualquier ciudad estos días es como estar viendo un reportaje lleno de imágenes de archivo y recurso: no hay mucho con lo que ilustrar lo que se cuenta salvo la vida misma. Pero no hay que negar cierta confusión generalizada. La gente va de un lado a otro con cara de despiste, sin saber muy bien cómo se usa el autobús, cómo arranca el coche, dónde está la farmacia más cercana y si los colegios realmente son esos lugares que hasta hace nada parecían esos edificios silenciosos y apartados de la administración, útiles para almacenar contenedores, vallas, papeleras, que ahora albergan gritos, carreras, llantos y reprimendas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pasadas las navidades, a uno casi le ofende que todavía queden algunas luces puestas, un Papá Noel cutre que no termina de llegar al tejado y aún así lo intenta, o algún árbol saludando desde la niebla de una ventana de salón pidiendo a gritos volver a su altillo. Los roscones de vino y los mantecados de limón miran con resignación desde el fondo de la cesta, sabedores de que ya solo les salva una merienda o un capricho tonto a última hora del día, y salvo absoluto desastre, los contenedores vuelven a su dieta clásica de cartones con sonrisas y embalajes de plástico fino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tuvo que venir una pandemia a enseñarnos lo que era la normalidad desde la novedad del cataclismo. <strong>Nos inventamos la nueva normalidad porque, reconozcámoslo, nos manejamos regular en la de siempre.</strong> La nueva normalidad de entonces abandonaba los besos y los abrazos y ampliaba las distancias. La nueva normalidad de ahora es la de siempre con la salvedad de estar muy lejos de aquel tiempo, que parece casi prehistórico, en que estar sentado en la terraza de un bar era un privilegio. Tanto es así que a día de hoy es una cuestión tan política como los impuestos, las huidas por Europa, recordar a dictadores muertos o unas campanadas. <strong>La normalidad es eso que llenamos de promesas y buenos propósitos para jurarnos que pese a todo, sigue mereciendo la pena. </strong>Aunque sea a costa de compatibilizarlo con una mala digestión de libertades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muertas las cenas de empresa, reviven los odios y las perezas de siempre. Los familiares que tuvieron la dicha de venir a ocupar durante dos semanas la casa, regresan al lugar de donde vinieron y en la avenida, los escaparates que antes brillaban por culpa de los leds multicolores lo hacen ahora auspiciados por la batalla de las rebajas. Si no fuera porque todavía nos queda la extrema necesidad de llenar el armario, cualquiera diría que prácticamente nos hemos comido medio enero sin saber muy bien cómo hemos llegado hasta aquí, y por qué todavía queda un trozo de roscón en la nevera de donde sería imposible a estas alturas sacar a Excalibur.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero en los parques es fácil ver que de entre las costuras de los trajes pardos se abren con paciencia otros verdes, y los que todavía aguantan con el uniforme del curso pasado parecen no tener prisa por agenciarse uno nuevo. <strong>La normalidad, con sus capas, se entiende mejor si se mira hacia a esas esquinas y rincones: nada cambia salvo que sea extremadamente necesario</strong>. Ni siquiera un lecho de hojas muertas desde noviembre, ni el recorrido de un mirlo, ni los graznidos bajo un puente, ni la niebla que paga el peaje de una tarde de paseo. En las terrazas se vuelve a un trajín relajado que solo implosiona los fines de semana, y las mañanas vuelven a ser de cerámica, vapor y cucharilla. Es lo de siempre, pero la clave, quizás, está es saber verlo como nunca. El café de las ocho de la mañana del lunes nos recuerda que el mal necesario de la última copa de fin de año fue una ficción, una nueva normalidad imposible. </p>



<p class="wp-block-paragraph">La misma mesa libre para el desayuno, descubrir que la música es más agradable muy al fondo, bajita, y en las plazas, la única decoración es un balonazo cada cinco segundos y un perro que ladra pidiendo su pelota. Lo de siempre, todavía, vaya. No hay mejor propósito que agradecer que así siga siendo, porque es en esos espacios donde todavía nadie parece atraverse a decidir qué es rutinario, normal. Ni cuánto se paga por ser, otra vez, fiesta.</p>



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		<title>OTRA DE DISNEY</title>
		<link>https://www.pagina72.es/2025/01/05/otra-de-disney/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lázaro Caldera]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 05 Jan 2025 09:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Papeles en los bolsillos]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Sé muy bien, ahora, que aquellas películas eran la ilusión. Quasimodo sufrió los plantones de Esmeralda ante mí, mi hermana, mi padre y mi madre. Jamás se contempló la opción de que fuesemos testigos en soledad de aquellas desgracias. Y las que vinieron después. No contemplo ser testigo de ningún batacazo con los hijos que sé que no tendré. Pero sí estoy seguro de que nada hay ni habrá más revolucionario que regalar ilusión, porque es lo más parecido a la esperanza que un niño tendrá nunca. Pero hay detrás un acto mucho más revolucionario, que esa ilusión sea además, compartida.</p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Nada más revolucionario que regalar ilusión, porque es lo más parecido a la esperanza</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="970" src="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/reyes-1024x970.jpg" alt="" class="wp-image-2700" srcset="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/reyes-1024x970.jpg 1024w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/reyes-300x284.jpg 300w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/reyes-768x728.jpg 768w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/reyes-1536x1456.jpg 1536w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2025/01/reyes-2048x1941.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">De todos los regalos que he recibido por Reyes, recuerdo con ilusión una colección de películas de Disney. Sus majestades las habían dejado colocaditas sobre el sofá, unas veinte. Me han regalado a lo largo de los años tantísimas cosas que es imposible enumerarlas todas, pero hoy, justo cuando veo y oigo el traqueteo de las ilusiones, he recordado aquel día en el salón de la casa de entonces, juntos, mis padres, mi hermana y yo gritando ante Pocahontas, La dama y el vagabundo, El jorobado de Notre Dame o Los rescatadores. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Por supuesto que ha habido tiempo de recibir calcetines, sets de geles de baño con su correspondiente perfume, chaquetas, camisas, pijamas. También llegó la Play, y poco después el ordenador, y libros, por decenas, y también juegos de mesa. Pero esas películas son el milagro viviente, porque todavía siguen por allí, de la ilusión que creo seguir manteniendo viva, intacta en el fondo de algún pocillo interior. Nada como esos ratos y esas aventuras, océano sin fondo de referencias y canciones. <strong>La herramienta más atinada cuando se trataba de compartir tiempo, precisamente cuando estrenábamos una época que poco a poco iba a dejarnos cada vez más solos.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta la llegada de los móviles, de Messenger y todo lo que hizo crecer el tsunami implacable de la conexión absoluta, aquellas pelis fueron lo más parecido que tuve para entender la totalidad del verdadero concepto de conexión. Salvando la distancias, creo que pocas cosas llegaron a unirme más a mi hermana que ver a Quasimodo sufrir por los plantones de Esmeralda, o a Golfo y a Reina juntando los morros sin darse cuenta hasta el final del espaguetti más tierno de la historia del cine. Aquellas películas fueron catalizadores de ratos y momentos ajenos a la discusión, la competición absurda, el odio irracional, las tonterías, en definitiva, inherentes a la hermandad que nos tocó vivir. <strong>Fueron el pegamento que pese a todos los rotos, nos mantuvo la forma emocional de lo que suponía ser hermanos.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo sé ahora que veo a padres entregando tablets y móviles con una motivación más distractora que puramente educativa y sanadora. Lo sé cuando veo que en el hueco de un carrito donde antes cabía un peluche entra perfecto el cargador del armatoste. Lo sé ahora que he terminado entendiendo la ilusion de mis padres, y cuesta encontrármela entre los padres de hoy, detrás del gris de las ojeras, ¿qué les va quedar entre curro y curro que entregar a las criaturas? Detrás del sacrificio, dicen, hay amor, hay tesón, y hay, muy importante, trabajo. No lo dudo, como tampoco dudo que vaya a cambiar mi opinión sobre el terrible sacrificio que supone tener hijos y ante esa perspectiva, más que cualquier otra cosa, <strong>mantener intacta la ilusión.</strong> De la ilusión de todos los padres y madres sé muy poco, pero tengo el recuerdo de la de los míos, poniendo otra de Disney, y bien sabe cada dibujo que salió de sus estudios que el tiempo ante la televisión que se hacía cantando y brincando, como el de los deberes de después, no lo paga cada tablet y cada sesión de Youtube posible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sé muy bien, ahora, que aquellas películas eran la ilusión. Quasimodo sufrió los plantones de Esmeralda ante mí, mi hermana, mi padre y mi madre. <strong>Jamás se contempló la opción de que fuesemos testigos en soledad de aquellas desgracias.</strong> Y las que vinieron después. No contemplo ser testigo de ningún batacazo con los hijos que sé que no tendré. Pero sí estoy seguro de que <strong>nada hay ni habrá más revolucionario que regalar ilusión, porque es lo más parecido a la esperanza que un niño tendrá nunca.</strong> Pero hay detrás un acto mucho más revolucionario, que esa ilusión sea además, compartida. La ilusión que no se comparte derrumba hogares, por mucho que los recuerdos permanezcan intactos, como esas casas abandonadas donde los cuadros parecen pedir a grtios que les devuelvan el tiempo perdido. </p>



<p class="wp-block-paragraph">El día de Reyes, dicen, es el día de los niños. Diré que es el día en que los padres tienen la oportunidad de enmendar las ilusiones de aquellos primeros nueve meses. Y todos los que pueden venir después. Creo que solo se sigue adelante si se es capaz de seguir compartiendo tiempo, e ilusión. Nunca es tarde para resarcirse. Y mucho menos en Reyes.</p>



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		<title>UVAS CON PEPITA</title>
		<link>https://www.pagina72.es/2024/12/29/uvas-con-pepita/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lázaro Caldera]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 29 Dec 2024 09:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Papeles en los bolsillos]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Según pasa el tiempo nos vamos dando cuenta de que todo esto de vivir va de compensar desgracias con momentos gloriosos, dramas con euforias, rivotriles con cubatas, manzanillas con cerveza, y en esa rueda yinyanesca, se nos gastan los días sin saber cómo, pero volando.</p>
<p>La entrada <a href="https://www.pagina72.es/2024/12/29/uvas-con-pepita/">UVAS CON PEPITA</a> se publicó primero en <a href="https://www.pagina72.es">Página 72 Tertulia literaria</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Todo esto de vivir va de compensar desgracias con momentos gloriosos</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="1021" src="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/acueducto-1024x1021.jpg" alt="" class="wp-image-2674" srcset="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/acueducto-1024x1021.jpg 1024w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/acueducto-300x300.jpg 300w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/acueducto-150x150.jpg 150w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/acueducto-768x765.jpg 768w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/acueducto-1536x1531.jpg 1536w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/acueducto-2048x2041.jpg 2048w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/acueducto-140x140.jpg 140w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/acueducto-100x100.jpg 100w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/acueducto-500x500.jpg 500w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/acueducto-350x350.jpg 350w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="https://laantiguabiblos.blogspot.com/2024/01/el-tiempo-manuel-vicent.html"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-vivid-cyan-blue-color">Hay un artículo de Manuel Vicent</mark></a> que suelo leer todos los años nada más llegar enero. Lo escribió de hecho el 4 de enero de 2009. Han pasado quince años, pero podrán pasar cincuenta, que esa pequeña pieza seguirá siendo por siempre una de las muestras más maravillosas de nostalgia y de maestría de vida. El escritor valenciano lleva bastante tiempo haciendo gala de un vitalismo absoluto y admirable, tanto, que en una reciente entrevista, reconoció que lloraba casi todas las tardes: lloraba escuchando jazz, lloraba ante un amanecer, lloraba ante un atardecer. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Llora, porque ahora es más consciente que nunca que esas cosas no durarán para siempre. Y yo, para qué engañarnos, he leído ese portentoso artículo antes incluso de que llegue enero, y varias veces además. Porque mi noción del tiempo, aunque todavía está muy lejos de la de Vicent, o eso quiero pensar, empieza a estar cerca del absoluto, del todo: <strong>un amanecer y un atardecer me pesan ya más que las salidas de los sábados y los planes de un puente.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Se va acabando el año y nos da por hacer balances, cuando no cobrar las necroporras, compartir listas y convencer al resto de la humanidad de que ni tan mal con los doce meses que ya se van. Lo cierto es que nos convencemos más a nosotros mismos que al resto. <strong>Según pasa el tiempo nos vamos dando cuenta de que todo esto de vivir va de compensar desgracias con momentos gloriosos</strong>, dramas con euforias, rivotriles con cubatas, manzanillas con cerveza, y en esa rueda yinyanesca, se nos gastan los días sin saber cómo, pero volando. El tiempo es un manirroto, sí, y si no somos capaces de impedirlo, en muy poco estaremos otra vez, suerte mediante, sentados en una mesa ante un plato de doce uvas. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo suelo cumplir una curiosa costumbre: pienso a qué o a quién le voy a dedicar cada uva, y según me las como, cierro los ojos, y lanzo la dedicatoria. Esta por mis padres. Esta por mi hermana. Esta por mis amigos. Esta por los pueblos de la huerta sur de Valencia y esta por los gazatíes. En fin, por muchas cosas y por mucha gente. El problema es que solo son doce y tengo tantos asuntos por los que merece la pena lanzar plegarias, que estoy pensando seriamente echarme unas cuantas uvas más, y empezar por los cuartos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Falta gente y sobran motivos para darle pávulo a cualquier tipo de espiritualidad, pero <strong>por mucho que el tiempo pase, seguiremos instalados en la costumbre de considerar que a partir de ese punto de inflexión, de ese uno de enero, solo pueden ocurrir como mínimo cosas diferentes, no digo ya buenas, porque las expectativas, ya se sabe, son como los cupones, comprar muchos no garantiza un mayor éxito, pero sí mayores rabias.</strong> No voy a decir que este año ha sido maravilloso, ni tampoco que haya sido un absoluto desastre. Como Vicent, simplemente me he dejado llevar. A él se lo lleva la corriente del Mediterráneo que baña su Valencia natal. A mí, como a muchos, nos lleva el Guadiana, un atardecer de campo, o una tarde bajo las piedras del acueducto de los Milagros, nombre tan eficaz y certero como esas piedras milenarias, que atraen con su innombrable presencia un vórtice silencioso tan hondo y pacificador sobre un verde tan tupido y limpio, que bien pareciera ser la puerta al mismo día en que fueron levantadas. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Este año que se va me lega ese rincón siempre conocido, pero nunca jamás tan explorado y disfrutado como estos meses pasados, entre las batallas de un alquiler que cuesta pagar, la horripilante sensación de estar cada vez más cerca de los cuarenta habiendo sorteado demasiados obstáculos, y el desasosegante vacío que deja cada vez más gente, siempre peor que la presencia de otros con pretensiones de ocupar sin ningún éxito ese espacio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No bastan doce uvas ni doce meses para cumplir con todos los propósitos que nos podamos plantear, y mucho menos para huir de todo lo que arrastramos sin cumplir desde hace demasiado tiempo. Pero como el gran Vicent, brindo porque sigan pasando cosas distintas. Porque a las buenas y a las malas se acostumbra uno rápido, tanto o más como a unas uvas con pepita.</p>



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		<title>LUCES A LO LEJOS</title>
		<link>https://www.pagina72.es/2024/12/22/luces-a-lo-lejos/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lázaro Caldera]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 22 Dec 2024 09:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Papeles en los bolsillos]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://www.pagina72.es/?p=2665</guid>

					<description><![CDATA[<p>Bien haríamos, al margen de cualquier ritual obligado, en reprogramarnos, ser reaccionarios, que diría Sábato, y vivir, vivir no como si fuese el último día, sino como el primero. Vivir el directo de estos días tal cual venga, sin ambages, sin excusas. Porque corremos el riesgo de que la melancolía y la nostalgia, bien cocidas, nos lo quieran transmitir todo mucho más feliz, sí, pero en diferido.</p>
<p>La entrada <a href="https://www.pagina72.es/2024/12/22/luces-a-lo-lejos/">LUCES A LO LEJOS</a> se publicó primero en <a href="https://www.pagina72.es">Página 72 Tertulia literaria</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>La navidad es sobre todo un didáctico ejercicio sobre la distancia y el tiempo</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img decoding="async" width="1024" height="926" src="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/nav2-1024x926.jpg" alt="" class="wp-image-2667" style="width:618px;height:auto" srcset="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/nav2-1024x926.jpg 1024w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/nav2-300x271.jpg 300w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/nav2-768x694.jpg 768w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/nav2-1536x1389.jpg 1536w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/nav2-2048x1851.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Hace unos años, a modo casi de terapia, publiqué en una web ya extinta, unos articulillos hablando de la Navidad inglesa. Hablaba de lo en serio que se la toman por allí. Me chocó la ritualidad con que se tomaban ese momento en que tocaba poner adornos, vestir escaparates, coordinar corales. Una pompa que todavía hoy me sorprende al recordarla. Después de un año o dos, trasladé esas reflexiones a un blog, esa vez sí, guisadas en un caldo mucho más personal.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La nostalgia, cuando se cocina en la misma olla con un poco de distancia, hace de las suyas.</strong> Reconozco que leo esas piezas ahora con cierto rubor. Diría que casi no me reconozco. ¡La de tiempo que ha pasado! Y qué lejos está todo, sobre todo yo. <strong>Porque la Navidad es, sobre todo, un ejercicio de distancia. Un espectáculo de luces lejanas.</strong> Podemos estar frente a un puesto de churros con chocolate que huele estupendamente bien, digamos que a unos dos metros a lo sumo, y encontrarnos inexorablemente lejos de los churros que hace veinte años nos comíamos con nuestros primos en la misma plaza, incluso en el mismo puesto. Mismo lugar, misma época, mismos churros. ¿Quién se atrevería a decir que saben igual ahora?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hace unos días, sin ir más lejos, intenté sacar adelante el consomé que hacía mi abuela para Nochebuena. Cuando el agua llevaba hirviendo como unos diez minutos pensé, bah, al carajo, la Josefa no se merece esta falta de respeto. Cogí un poco de miso y de salsa de soja de la nevera y orientalicé ese agua burbujeante, corrigiendo rápido el asunto. <strong>Hay cosas que es mejor no profanar, porque simplemente, ya no existen, y si por un casual reviven, dolerán tanto en su regreso fugaz que revolviéndolas solo se conseguirá destruir su débil supervivencia.</strong> Sea un consomé, unos churros, o la mejor de las despedidas. Por eso desde hace bastante tiempo abogo más por los cumpleaños que por este festival de luces. No se trata de seguirle el juego al Grinch, no, sino de valorar más el tiempo que se invierte, y en cierto sentido, hacer verdaderamente especial en su día a una persona especial le añade valor a ese tiempo, que es de largo, el mejor regalo. Al margen de las manos que lo entreguen. </p>



<p class="wp-block-paragraph">La lejanía de la Navidad, junto con mis lejanías, que no son pocas, van poco a poco situándome en un plano existencial cada vez más difícil de digerir. La ilusión ya no es la misma que la de aquel niño que metía el barco de Playmobil en la bañera o estrenaba el Tekken en la Play, o cortaba huevos cocidos para el consomé de la abuela. Porque la Navidad, en todas sus formas posibles, es un ejercicio muy didáctico sobre la importancia del tiempo. Se aprende mucho de los mocosillos que corren por las plazas, de los coros que cantan, de las comitivas de compañeros y compañeras de trabajo que intentan aguantar inútilmente y con la mayor de las dignidades toda la parafernalia de las bolsas de cotillón sobre sus cabezas y sus cuellos. Se aprende mucho también de las estafas en los bares, del garrafón y de las mañanas donde hace por fin acto de presencia la escarcha. <strong>Bien haríamos, al margen de cualquier ritual obligado, en reprogramarnos, ser reaccionarios, que diría Sábato, y vivir, vivir no como si fuese el último día, sino como el primero. Vivir el directo de estos días tal cual venga, sin ambages, sin excusas.</strong> Porque corremos el riesgo de que la melancolía y la nostalgia, bien cocidas, nos lo quieran transmitir todo mucho más feliz, sí, pero en diferido. Ah, sí, y en la medida en que se quiera, y se pueda, felices fiestas. Qué menos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>EN EL NOMBRE DE MI PUEBLO</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lázaro Caldera]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 15 Dec 2024 09:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Papeles en los bolsillos]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Siempre, donde he ido, he dicho de dónde venía. De dónde soy. Algo sabría Rilke cuando dijo que la verdadera patria de un hombre es la infancia. Recuerdo la mía muy feliz, en un pueblo, que sigo nombrando siempre, porque fue y es el escenario de mi patria. No es un pueblo de, ni está cerca de. Es un lugar con nombre que me hizo suyo y me lo sigue haciendo cada vez que quiero, aunque sea cada vez por menos veces.</p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong><strong>Ser de un lugar, sobre todo de pueblo, tiene unas implicaciones tremendas, porque bien pensado, supone que ese lugar es más tú, que tú mismo.</strong></strong></p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img decoding="async" width="1024" height="897" src="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/sanjorge-1-1024x897.jpg" alt="" class="wp-image-2625" style="width:497px;height:auto" srcset="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/sanjorge-1-1024x897.jpg 1024w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/sanjorge-1-300x263.jpg 300w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/sanjorge-1-768x673.jpg 768w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/sanjorge-1-1536x1346.jpg 1536w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/sanjorge-1-2048x1795.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">La primera vez que salí del lugar que siempre había considerado mi casa sin saber cuándo iba a volver, me mudé a una ciudad. La segunda vez, también. Y la tercera. Y la cuarta. Del pueblo a la ciudad, y de una ciudad de un tamaño determinado, a una de un tamaño siempre más grande, como si las oportunidades, en forma de tarta, fuesen proporcionales a las bocas dispuestas a merendársela. En todas esas ocasiones me empeciné en nombrar siempre de dónde venía y de dónde soy, con todo lo que eso supone. <strong>Ser de un lugar, sobre todo de pueblo, tiene unas implicaciones tremendas, porque bien pensado, supone que ese lugar es más tú, que tú mismo.</strong> Y no puedo negarle la culpa de ser quien soy al lugar donde mi impronta encontró acomodo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nos empeñamos en convertir la adultez en huida, y en ese ejercicio de escapismo, optamos por ir siempre de la pequeñez a la enormidad. Hay un empeño honesto en querer revertir esa situación, y el hartazgo lógico de una generación cansada de un concepto tóxico de éxito basado en la extenuación con escasas recompensas, está resucitando el <em>beatus ille</em>, si no como salvación, al menos como tránsito curativo. <strong>Lo hacemos antes, vaya: eso de cansarnos de las promesas, que no de las expectativas, porque eso siempre está. Volver al pueblo o irnos a él; convertirnos en el sitio a donde vamos o volvemos. ¿Pero a dónde?</strong> «Me voy al pueblo», decimos, o al campo. ¿A cuál? ¿ A dónde?</p>



<p class="wp-block-paragraph">En su libro <em><a href="https://planetadelibrosec0.cdnstatics.com/libros_contenido_extra/49/48932_Lagarta.pdf"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-vivid-cyan-blue-color">Lagarta</mark></a>,</em> <strong>Gabi Martínez,</strong> al que le agradeceré siempre su compañía desde sus libros, muestra con concisión lo que significa ser, estar: nada existe porque sí hasta que lo nombramos, lo ponemos a nuestro alcance, a nuestra altura, nos fundimos con su identidad y lo sentimos nuestro. Ese señor que trata de alguien al urogallo comparte su espacio y en determinados casos hasta se comporta como él. Sabe que es imposible ser un urogallo, por supuesto, pero es que cualquiera que se mude de Madrid a un pueblo de la sierra, dejará de ser de Madrid automáticamente, y el pueblo, pongamos Colmenarejo, acabará siendo esa persona.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero Colmenarejo existe si lo nombran. Como Villaconejos. Como cualquier lugar, refugio, el nuestro. Como Talavera la Real, que es donde me crié, porque así me tocó. Los pueblos, como nosotros mismos, son casualidades que si sobreviven, no es porque exista voluntad política, porque de esa ya queda muy poca. Como el urogallo, sobreviven porque todavía hay quien los nombra, quien no se asusta de su periferia, ni los traspapela entre las dobleces de la geografía. Siempre, donde he ido, he dicho de dónde venía. De dónde soy. Algo sabría Rilke cuando dijo que la verdadera patria de un hombre es la infancia. Recuerdo la mía muy feliz, en un pueblo, que sigo nombrando siempre, porque fue y es el escenario de mi patria. <strong>No es un pueblo de, ni está cerca de. Es un lugar con nombre que me hizo suyo y me lo sigue haciendo cada vez que quiero, aunque sea cada vez por menos veces.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Nombrar las cosas hace que existan. No se va uno al pueblo porque le gusten las encinas, las pozas, las cosas de la huerta y los productos ecológicos. Eso es hacer turismo. Como ir a Madrid, a Barcelona, espacios donde uno cree ser uno mismo porque nadie le reconoce. Pero eso es huir, no ser ni estar. <a href="https://narrativabreve.com/2013/05/cuento-miguel-delibes-el-pueblo-en-la-cara.html"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-vivid-cyan-blue-color">Que le pregunten a Delibes</mark></a>. <strong>El sentido de lo que se nombra consiste en compartir su existencia y dejar que te atraviese.</strong> Uno se va al pueblo a ser el pueblo, con su nombre, con lo que supone. Porque en cualquier otro lugar simplemente se existe. Nadie puede ser Madrid, ni Barcelona ni Sevilla. Es imposible asumir tanto, y poco a poco, estamos consiguiendo que sea casi imposible estar. Pero uno sí puede ser la pequeñez de Alcazaba. La armonía de <a href="https://jerezdeloscaballeros.hoy.es/jerez-pueblos-bonitos-espana-20241125160055-nt.html">Jerez</a>. Uno sí puede ser en el pueblo. Y nombrarlo es el primer paso para su persistencia más allá de la memoria.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>LA HAMBURGUESA DE LOS DOMINGOS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lázaro Caldera]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 08 Dec 2024 09:00:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Papeles en los bolsillos]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Delegar las malas costumbres en la justicia depura muchas conciencias. Pero no hay sentencia contra Glovo que exima de responsabilidad a quien justifica su existencia con cada pedido. El problema no es la ilegalidad y el abuso, es quien piensa que el pobre repartidor se parta la cabeza a la vuelta de la esquina solo puede ser responsabilidad de quien le contrata, y tenga en el sueldo su única recompensa y consuelo. El problema es quien participa pensando que la culpa se la reparten el CEO, el jefe, y a unas malas, quien traga con el trabajito. </p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>No hay sentencia contra Glovo que exima de responsabilidad a quien justifica su existencia con cada pedido</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="569" src="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/81124-1024x569.jpg" alt="" class="wp-image-2565" srcset="https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/81124-1024x569.jpg 1024w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/81124-300x167.jpg 300w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/81124-768x427.jpg 768w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/81124-1536x853.jpg 1536w, https://www.pagina72.es/wp-content/uploads/2024/12/81124-2048x1138.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando llegué a Reino Unido, lo que más me sorprendió fue descubrir que muy cerca de casa tenía un KFC. Me sentí como aquellos ciudadanos postsoviéticos que solo fueron conscientes de la libertad y el progreso cuando se mojaron los labios con una Coca Cola. Llegué a Reino Unido en una época en la que <strong>la modernidad parecía entrar en Extremadura en diferido, a distancia, en paquete, gracias a quien la contaba y la mostraba en redes.</strong> Venía de fuera, envuelta como los juguetes que el tío Paco traía de Frankfurt. No habíamos cambiado nada, como siempre. Una modernidad auspiciada por empresas con locales muy luminosos donde era imposible no sonreír. Una sola vez fui a aquel KFC.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Envidiamos esa suerte enorme de poder ir a un Starbucks a por un café carísimo en un vaso de plástico donde escribían tu nombre. O a un KFC a comer alitas de un cubo, como cualquier otro ciudadano ejemplar de Kentucky. Estar en esa misma liga. Tener cerquita estos lugares, cumplir de cuando en cuando con estos rituales, sentirnos en el mismo plano existencial, igualarnos y democratizarnos como individuos satisfechos con el progreso. <strong>Como descargar Just Eat o Glovo y que ese hipermercado a distancia arroje tantos resultados como posibilidades demande nuestra gula.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En Reino Unido descubrí ese mundo de motos de colores, de repartidores, de ryders: gente que se ganaba la vida mal, por supuesto, intuí antes y asumí después, moviendo caprichos de un lado a otro de cualquier ciudad a cualquier hora, lloviese, granizase o nevase. Antes de eso, lo más parecido al modelo Just Eat/Glovo que había visto era el de los camiones de Repsol repartiendo bombonas o la furgoneta de la panadería dejando vienas y bollos por las puertas de las calles de mi pueblo. Y así sigue siendo: ryders rurales pero menos modernos, porque cumplen una necesidad desde hace mucho. <strong>La modernidad, sin embargo, exige otras cosas. Hace del capricho una necesidad. Y la necesidad, ya se sabe, es la madre del negocio. Siempre que alguien esté dispuesto a pagar.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La de broncas que habré tenido con amigos y parejas por delegar caprichitos a Glovo, a Just Eat, y en el caso británico que viví, a la inmensidad de negocios independientes que pagan cuatro duros a chavales por llevar kebabs, currys y pizzas a la puerta de cada casa. Y que lleguen calientes, por favor. <strong>¿No está acaso el microondas tan lejos como las ganas de freir un huevo o prepararse un bocata?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Celebro cualquier sentencia en contra de Glovo que repercuta en unas mejores condiciones para tantísimos ryders, pero me provoca la risita resignada del que pierde veinte euros y se encuentra con un cigarro: el parche está bien, pero no extirpa el disgusto. Delegar las malas costumbres en la justicia depura muchas conciencias<strong>, pero no hay sentencia contra Glovo que exima de responsabilidad a quien justifica su existencia con cada pedido.</strong> El problema no es la ilegalidad y el abuso, es quien piensa que el pobre repartidor se parta la cabeza a la vuelta de la esquina solo puede ser responsabilidad de quien le contrata, y tenga en el sueldo su única recompensa y consuelo. <strong>El problema es quien participa pensando que la culpa se la reparten el CEO, el jefe, y a unas malas, quien traga con el trabajito. </strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Aún así, todavía habrá que pensar que menos mal que están la justicia, y la ley, para tumbar los caprichos de quien, desde su sofá, tiene todo el derecho a cumplir con su sacrosanta y tradicional hamburguesa de los domingos. Cueste lo que cueste.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



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