Hay que ser valiente para afrontar todo sentimiento de huida

Me gusta detenerme, cada vez que paseo por el campo, en cada vestigio del pasado que la naturaleza va haciendo suyo con paciencia, con un tesón lento cuyo ritmo no ha cambiado durante milenios, y que solo el clima y los escasos caprichos del entorno hacen avanzar más rápido o ralentizar sin compasión. Se me hace imposible no reconstruir la foto de lo que sería un cortijo vivo donde se trabaja sin descanso desde el avasallamiento y la injusticia, una antigua alquería donde hoy solo hablan las higueras y los helechos, o las bocas hechas caliza de un pueblo que emerge cuando el agua ya no es capaz de aferrarse a sus labios. Pienso en las palabras que hay incrustadas en cada centímetro de pared, de piedra. Y en quienes las pronunciaron. Y pienso además, si tuvieron la valentía de regresar para escucharlas de nuevo.
Procuro empatizar profundamente con quienes levantaron cada pared y supieron darle forma a un techo y saberlo suyo, porque con el tiempo, o muy seguramente nada más haberlo puesto, ya sabían cuánto les quedaba dentro. Y lo que les obligaría siempre a estar fuera. Convivir con la idea de la eterna huida. Y hay que ser valiente para afrontar ese sentimiento.
La forma más dolorosa que tiene la nostalgia de manifestarse es, sin ningún género de dudas, la invisibilidad, la ausencia. Ya lo cantó Sabina. Si es verdad que no hay nostalgia peor, comprendo y entiendo que la felicidad del regreso no está en el reencuentro, porque siempre es doloroso observar que nada se mantiene tal cual lo deseamos, sino en entender que el verdadero tesoro es ser capaz de convivir con el peso del tiempo y sus consecuencias.
Entender que lo que fuimos sigue vivo entre las piedras que se caen, y lo que ayer era una viga de madera que sostenía la techumbre del hogar, hoy es una hiedra que mantiene involuntariamente juntas las venas de la débil estructura que queda en pie. También somos eso.
Por eso abogo por regresar siempre a donde se fue feliz, o simplemente, a donde se estuvo. Porque regresar no es quedarse, es simplemente mirarnos dentro desde fuera, y comprobar que seguimos creciendo desde donde nos sembraron, o desde donde tuvimos la dicha de ser trasplantados. Somos esquejes de un yo que un día cayó en un pedazo insignificante de tierra y que a fuerza de causalidades, ha sido y es capaz de sobrevivir en otros suelos. No hay que temer acercar el ojo a la mirilla de ayer. Es peor quedarse mirando a la mirilla de mañana sin tener claro si toda la tierra que un día pisamos mereció nuestra simiente.

Así es querido compañero, así es. Somos lo que fuimos. Como siempre, tus reflexiones son certeras y apuntan a ese lugar que, a veces, cuesta mirar. Gracias por indicarnos que importa, y mucho, caer en la cuenta de la realidad que otro día vivimos.