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No sé cómo se hace ni a qué criterio responde ese reparto a veces injusto de la ilusión, la ingenuidad, la precocidad y el ánimo

Estábamos en el salón, con mi madre. El árbol en una esquina, debajo el Belén, mucho espumillón brillante, superviviente de muchas Nochebuenas, Nocheviejas, y Reyes. Era otra de esas navidades en las que todavía una madre podía bucear feliz en la ilusión de sus hijos.

“Claro que existen los Reyes. Yo de chica los vi”, nos dijo. Yo asentí, confirmando con absoluto convencimiento, argumentando que los escuchaba cada año entrando en casa por la noche, que los camellos se bebían el agua, se comían los polvorones, y además, dejaban un rastro de pelos pardos y un olor inconfundible.

“Pero qué tonto eres. Si son ellos, si son papa y mama. Los he visto levantarse y cogiendo los regalos y dejándolos aquí en el salón”, contestó mi hermana, más pequeña, más atenta, más despierta. Más real. Mi madre ya no tenía nada que hacer. Pero yo seguía pensando que los camellos se comían los polvorones. No sé si por exceso de inocencia o porque de alguna forma supe que la ilusión de mi madre dependía un poco de la supervivencia de la nuestra. Aquello no tenía nada que ver con la edad.

A día de hoy, de hecho, no sé cómo se hace ni a qué criterio responde ese reparto a veces injusto de la ilusión, la ingenuidad, la precocidad y el ánimo. Mi hermana aprendió pronto a andar, a montar en bicicleta, a salir, a ir dos pasos por delante que el resto. Le vio al mundo las costuras antes que yo. Yo aprendí pronto a leer, a escribir, aprendí pronto a aprender, sin más. Olvidándome por el camino la tramoya del teatro. Más atento por los camellos que invadían mi casa y que nunca vi, que por los camellos del mundo.

Una parte de mí quiere seguir pensando que, dentro de esa lógica tan ilógica de los engranajes de los porqués, hay una ley no escrita y fundamental que consigue a duras penas que todo funcione: están los que hacen y quieren conseguir que el mundo funcione, pese a todo. Las personas prácticas y funcionales, las que saben que el pelo de camello en realidad es de gato, que el vaso de agua aclara la garganta a una madre apurada, y que los polvorones bajo un árbol de plástico desaparecen por su mismo apetito. Las que están atentas para averiguar por qué pasan las cosas que pasan.

Y están esas personas que creen que el pelo de gato se parece demasiado al de camello, y que un camello, si se achucha, cabe perfectamente en un salón. Son personas que tardan en darse cuenta de las cosas que pasan, no porque no quieran, sino porque prefieren que “las cosas” no sean así.

La mayoría de esas personas a veces no logran que el mundo funcione, porque desconocen su engranaje. O porque lo conocen tan bien que les da pavor. Pero consiguen apuntalar la ilusión y con ello, que el mundo siga, milagrosamente, mereciendo la pena.

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