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Cuando uno es adolescente, la primera gran revolución es prenderle fuego a todo, para descubrir después, desde las cenizas, que los malos son otra cosa

Era bachillerato, clase de Historia, introducción a la II República. El profesor, tranquilo, entraba poco a poco a explicar la dicotomía insalvable del azul y el rojo, de conservadores y progresistas, de izquierda y derecha. El gran jardín. Cada cual daba sus pinceladas, soltaba sus perlas. Él, impasible, sentenció:

“Cuando se es joven, se tiene toda la vida por delante para pensar en revoluciones y utopías. Luego uno crece y se olvida.” Tenía yo por entonces 17 años, y pocas ganas de querer olvidarme de muchas cosas. A lo mejor, si acaso, del instituto.

No me olvidé de aquello, claro que no. Y mal que bien, aquí estoy. Estamos. Siendo productos de lo que un día nos sugerimos ser. Nos prometemos muchas cosas y cumplimos, con suerte, la mitad. Y así se avanza. No queda otra. Soñando, proyectando.

Cuando dejas muy atrás una clase de bachillerato lo entiendes perfectamente. El profesor deja de ser “el facha ese”, para pasar a ser un hombre al que le cuesta aparcar el coche por las mañanas, le cuesta llegar a cumplir con un temario extensísimo que le da más importancia a Viriato que a Riego y que, por las tardes, todavía tiene que sacar un rato para acordarse de ser padre. Existe, milagro, una persona detrás dese enemigo no escogido que es siempre el profesor para el alumno, y pasado el tiempo, descubrirlo con los mismos o mayores temores que los tuyos es un sablazo de verdad incontestable.

Hay mucha revolución en eso. Y lo revolucionario en todo caso, y visto lo visto, es resistir. Y la utopía, el siguiente curso. Si el mundo está regular no será por culpa de estas pequeñas trincheras que lo hacen funcionar desde cada aula sin derramar una sola gota de sangre.

No se me ocurre mejor manera de aguantar que imaginarme todos los mundos posibles desde un pupitre: por contestación u obeciencia, el temario se cumplirá o no, pero en todo caso, tengo siempre un pedacito de memoria para quienes fueron capaces, no sé cómo, de ayudarme a llegar hasta aquí. Discrepé con todos casi todo el rato, porque cuando uno es adolescente, la primera gran revolución es prenderle fuego a todo, para descubrir después, desde las cenizas, que los malos son otra cosa, suelen estar muy lejos, y si están cerca, obran desde un silencio tan atronador que pueden considerarse demasiado buenos.

No era americano el profesor, ni chino, ni ruso. Era extremeño, como yo, de mi pueblo, además. Explicando la II República, como la primera, y el sexenio, y la dictablanda, nunca vi a un tipo que tuviese demasiados problemas, ni demasiadas expectativas. Yo sabía poco de utopías, menos de sueños. Creo que sigo igual. Es difícil soñar. Por supuesto que sí. El profesor no sé si a estas alturas seguirá pensando lo mismo. Pero tiene hijos, y tendrá sus miedos y sus propios terrores. Aunque más le convendría no dejar de seguir soñando. Por su bien y el de los suyos.

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