Las puertas falsas casi siempre dan para atrás, son la trasera de la vivienda, la salida o entrada no oficial pero siempre necesaria para las cargas y descargas más pesadas

Mi casa del pueblo, como la inmensa mayoría, tiene una puerta falsa enorme de metal, con su puerta interior más pequeña, su aldabilla y su sonido de trueno cuando el aire se la lleva y se estampa contra sí misma. La recuerdo durante mucho tiempo, hace ya años, de un potente rojo, aunque ahora sea de un marrón chocolate que se descascarilla casi todos los años. Eso de falsa es una expresión tramposa, que no hace ninguna justicia, ¿cómo va a ser falsa una entrada tan grande, por la que siempre he pensado que cabían los camiones más impresionantes, o tanques incluso, sin demasiado esfuerzo? Es una verdadera puerta, tan grande que de pequeño me asustaba si se movía y que me costaba tremendos esfuerzos abrirla del todo.
Las puertas falsas casi siempre dan para atrás, son la trasera de la vivienda, la salida o entrada no oficial pero siempre necesaria para las cargas y descargas más pesadas. O para entrar o salir sin ser descubierto. O para qué sé yo cuántas más cosas, porque esa entrada y salida bien puede ser una aduana perenne, de tan grande como es, que permite entrar y salir a todo y a todos.
Por las puertas falsas pasaban, pasan y pasarán secretos, negocios y tratos, historias y chismes que uno quiere mantener en penumbra, porque dan casi siempre a callejones oscuros, poco transitados, la ruta donde suelen morir las jornadas de desfase, las escapadas fugaces y las rondas alargadas más de lo conveniente. Son la conexión entre dos mundos contrapuestos. La particularidad de esa puerta falsa marrón chocolate de mi casa del pueblo es que no tiene trasera, no tiene ningún callejón oscuro donde desembocar: mi puerta falsa es perpendicular a la entrada principal, misma acera, escasos diez metros de diferencia entre la confidencialidad y la luz, los focos.
No hubo secretos, ni negocios que mantener archivados en la clemencia de la noche por culpa de esa puerta falsa. Es, en toda su magnitud, la más falsa de todas las puertas falsas, incapaz pese a su grandeza de cumplir con el propósito más leal que quise atribuirle: mantener la indiscreción a una buena distancia. Durante años he envidiado la ventaja de quienes viven en casas largas encajonadas entre dos calles, con su puerta falsa en la lejanía, dando a esa calle oscura casi por decreto, como si la supervivencia de las tinieblas fuese requisito de obligado cumplimiento. ¿Por qué no podía yo disfrutar eso, llegar a casa doblado en copas sin sufrir un primer escarnio –siempre el peor– por parte de mis padres, evitar la mirada siempre curiosa de mis abuelos, con su rol casi autoimpuesto de porteros del edificio, con el salón tan cerca de su puerta, con su puerta tan cerca de la mía, y sus ventanas con rejas, casi como garitas de vigilancia?
Los años se comieron el lamento, la realidad impuso su dictadura y me resigné: los supuestos tejemanejes y negocios oscuros que quisiera zanjar orgullosamente en la misma puerta de mi casa debían cerrarse lejos, y los reproches quedaban a expensas de mi habilidad para evitar chirridos y portazos, tanto como la necesidad de llegar más tarde teniendo que llegar más temprano. Todo un ritual absurdo, tan cómico y patético que ahora me resulta tierno. Bien pensado tuve poco que ocultar y si lo hice, solo lo supuse. De alguna forma sabía que jamás tenía éxito, que tanto mi madre como mi padre se enteraban de todo y que mis abuelos hacían bien su trabajo de porteros, pero esa puerta falsa jugando en la misma liga que la puerta principal les facilitó la labor.
No hubo secretos, solo jugadas y movimientos torpes de un adolescente idiota que tardó en crecer y en darse cuenta del valor de aquella enorme puerta falsa, abriéndose y cerrándose a la misma calle y desde la misma acera que su hermana pequeña y principal, dejando que los secretos no abundaran ni se hiciesen oscuros como el entorno del anhelo infantil de querer pasar desapercibido. Puerta falsa por donde nunca tuvo ninguna necesidad de atajar ni de esconderse, que pese a no satisfacer la función de escondrijo y escape un día, cumplió la noble misión de hacer ver a aquel imbécil que el temor no estaba justo al entrar, sino al salir y no saber cuándo sería la última vez que pudiese abrirla.

Interesante propuesta de reflexión. Colocar el nombre de puerta falsa, siempre dada a la del fondo de la casa y por otra calle, a la puerta de al lado de la principal tiene también su porqué.
Las puertas falsa dan a entender que no llevan a ninguna parte. Sin embargo, en la metáfora, querido amigo, lleva a plantear el escape, el disimulo, el pasar desapercibido. Y mucho más es su significado, al menos a mí me lo parece, que es el de poner en evidencia la estupidez humana. Entrar aquí, por lo falso, es salir y salir mal parado porque siempre hay alguien que vigila y destapa lo que se quiere disimular.
Desde Adán, que quería esconderse de la mirada atenta de Dios, hasta nuestros días, las falsedades, lo falso acaban por ser descubiertas.
Querido amigo, cada vez más, tus reflexiones me llevan a la metafísica de la condición humana. Gracias.