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Eso de ser joven no tiene nada que ver con pisar el acelerador

Una vez, me dijeron que escribía como un señor mayor. Como si la nostalgia fuese patrimonio exclusivo a partir de los ochenta. Me llevo bien con la vejez porque la considero depositaria de dignidad, no tanto de necesaria sabiduría.

Hay gente mayor amabilísima, y también despreciable, incluso ignorante de muchas cosas. Pero como a Odiseos anónimos, me veo en la obligación de pararme siempre, aunque sea un momentito, de escucharlos cuando regalan algún capítulo de su viaje.

Un señor valenciano, elegante, nostálgico, que habla del pasado como una bestia que se va muriendo poco a poco entre caricias, me habla, otra vez, de la manera que tiene de enfrentarse a él. Lo he escuchado muchas veces. Y sobre todo leído. Para quien sea algo impaciente, intolerante, puede ser como el abuelo que repite todos los días la misma batallita de la mili, o la misma receta de sopa o de arroz. Pero esta vez, a este señor valenciano, elegante, lo he escuchado por boca de otro. Lo cual le da a este capítulo de su viaje una visión renovada, casi referencial.

Lo peculiar de esta batallita es que venga, efectivamente, aplaudida por alguien mucho más joven. Decía el señor valenciano, en boca del otro, también valenciano, que estando un día en carretera conduciendo un largo trecho tras un camión, se vio asaltado por la necesidad de adelantarlo rápidamente.

Fue un pensamiento fugaz, repentino, como un disparo, un impulso violento de subirse al rayo de las prisas y dejar atrás el pesadísimo vehículo que entorpecía su ruta. En lugar de hacer caso a aquel llamado de piloto de carreras, decidió el buen señor valenciano y elegante, frenar. Hasta se permitió el lujo de bajar una marcha, ralentizar su coche, y simplemente, dejarse llevar. Mató a la prisa, y le dio de comer a la serenidad y a la ansiada calma. Una parte de mí, realista mágica, quiere imaginárselo bajando la ventanilla en ese momento y dejando que se colase el mar dentro del coche.

Ojalá poder sentarme frente a él, y frente al otro valenciano más joven, y decirles que sí, que les entiendo. Que las prisas son las que nos hacen mayores, que esos grupos bastante más jóvenes que yo, deseando parecerse a sus padres, desde los pantalones a la elección de los adverbios, no terminan de enterarse de qué va esto.

Que eso de ser joven no tiene nada que ver con pisar el acelerador y que, si tengo el enorme privilegio de llegar a los noventa con la lucidez de ese señor valenciano elegante, me encantaría tener la nostalgia de otro valenciano más joven como quien le firmó debajo, y pensar que no todo estuvo perdido una vez. Que todavía quedaba gente en el mundo que se conformaba con ir despacio para llegar, quién sabe, mucho más lejos que el resto, mucho antes de llegar a una edad en la que reparas en que la prisa no es ir más rápido.

Así que sí, mientras pueda, elegiré ir más despacio que el camión. Y quien venga detrás, que adelante, si quiere. Lo mismo ese es el secreto para llegar a estar mínimamente cerca de la lucidez de Manuel Vicent, reconocido valenciano amante de la lentitud, como José Luis Sastre.

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