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En la tertulia del día 2 de febrero no estuve porque estaba hospitalizado, sin embargo la reunión se desarrolló. Nadie es imprescindible y en este caso menos. Digo esto porque las labores de secretario coordinando una reunión la puede desarrollar cualquiera de los tertulianos perfectamente. Como así se hizo.

Bueno, en esta reunión se debatían unos textos que Placido nos había mandado. Hubo tertulianos que se ausentaron por motivos personales y uno de ellos fue Antonio Carrasco. Este estaba de viaje y escusó su no presencia enviándome un correo electrónico. En el cuerpo principal de este mail había una breve reseña de los textos de Placido. Me ha parecido tan positiva su opinión, como objetiva. Antonio me pide que estos comentarios los ponga en común, lo que no hice por las cuestiones arriba explicadas. Sin embargo, después de leerlos considero, como secretario, poner estas notas llenas de generosidad en el blog de nuestra página web. Sirva esto como contrapunto a otros comentarios que en la reunión se vertieron, entre ellos los mío que, previamente, había enviado por WhatsApp a Plácido.

Antonio Carrasco dice así:

Leer a Plácido constituye ciertamente una experiencia muy placentera.

Frente a esta colección de narraciones, se tiene la impresión de estar ante un cronista con profundo y dilatado conocimiento del oficio de prosista que lleva el alma indómita de un poeta dentro.

El autor nos deja una miscelánea muestra de escritos, a través de los cuales encontramos deliciosas escenas costumbristas, a veces adobadas con sabrosos diálogos, que ponen de manifiesto el innegable carácter popular de las mismas.

Otras veces nos regala descripciones paisajísticas, a modo de incansable caminante, inscrito en la larga lista de prosistas que enriquecieron nuestra tradicional tendencia literaria a la narración de viajes, esta vez por lugares que marcaron emocionalmente las vivencias del autor. De esta manera, Plácido se convierte en un viajero que apunta lo que observa, pero que también va “guardando en su bolsillo silencios inventados” o “ soñando verdades en la profundidad de los espejos

En ese “fluir de la vida” aparecen impagables retratos de personajes reales, a los que el poeta-narrador rinde un sentido homenaje, entre ellos destacan entrañables nombres de paisanos, cuyas vidas transcurrieron marcadas por la guerra, la miseria o la tragedia, como Alejandro Liane, pastor cabal, el pobre Juan Gata, o Telesforo Santos, maestro albañil que sobrevivió de forma milagrosa al pelotón de fusilamiento,  o  el propio  Manuel Ramírez “El Verraco”, que enjuagaba el dolor sufrido por él y su familia en la crueldad de la contienda ,con su posterior dedicación a la lectura compartida con los que más habían perdido.

Encuentra Plácido en estas semblanzas la habilidad necesaria para manejar con maestría la “llave de la ternura”, que él mismo mencionara, y a veces nos hace estremecer con sus recuerdos, esos “recuerdos que se agolpan en el balcón que tiene los cristales rotos”.

El autor describe, narra, rinde tributos sentidos en este largo recorrido por las páginas de su memoria emocional, haciéndose a veces “tarde en el reloj de los suspiros.”

Al hilo de esta persistente vena lírica, que brota espontáneamente en su prosa, observamos cómo el poeta, metido a cronista, encuentra a través de la imagen poética un camino de redención, que le lleva a recorrer la noche que “llora nostalgia y bucea amaneceres de lluvia para sembrar esperanzas”.

Como vemos, no faltan deslumbrantes destellos poéticos en medio de esta prosa tan variopinta, donde hasta el carnaval –hilvanado con “endecasílabos rotos”-  nos llega siempre “pespunteando melancolía”.

Este sentimiento de melancolía aflora de nuevo en uno de los escritos que -junto con Mi Calle Era de Tierra y Otoño de Nostalgia y Hambre-  más me ha emocionado: Los Relojes del Silencio, donde leemos, por ejemplo, cosas como “en el semibaluarte de las lágrimas languidecen los ecos. Hay un manto de tristeza ” , o “seguiremos barruntando las lágrimas que transportan la lluvia como golondrinas.”

Sin embargo, en esta extensa entrega de escritos de Plácido, he echado de menos alguna muestra más singularmente representativa de su aclamada -y ya antologada-, labor poética. Algo así como:

«Versos» para soñar la lluvia.

Mientras tanto  seguiremos esperando que “la vida vaya soñando besos”. O versos.

Un saludo a todos los tertulianos.

Vaya mi agradecimiento a Antonio Carrasco por esta reseña a los textos de Placido. Esta no es un alabar sin fundamento que es lo que hace una clap, sino comentar para ayudar a crecer.

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