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LA FLAUTA Y EL PERRO

Por 22 de febrero de 2026Opinión

Fuera o dentro de la televisión, lo transgresor, lo distinto, subir el rubor de las mejillas oportunas, era y es revolucionario. Solo si esas mejillas acaban cabreadas.

Estos días carnavaleros me he acordado mucho de la Parodia Nacional, aquel programa que emitían en Antena 3 y presentaba el eterno Constantino Romero, aunque lo empezara Javier Sardá, cuya dinámica era básicamente la de las chirigotas, murgas, o como las llame cualquiera, sea de donde sea.

El concursante venía con su cuarteta compuesta y el programa montaba un tinglado para escenificarla. Todavía es famosa, y actual, la de «Chorizos de España», que al propio Manolo Escobar le hubiese hecho bastante gracia. Que la propia televisión se riera de quienes mandaban, en prime time, era algo impensable. Pero jamás llegué a imaginar que llegara el día, tantos años después, en que llegase a serlo tanto. Fue un programa maravilloso, que no duró más de tres años, en una época que demasiada gente recuerda con infinita nostalgia. Fue digamos, revolucionario.

Lo que no tengo tan claro es que fuera revolucionario entonces o lo sea ahora, desde el recuerdo. Colgarse del antes como refugio ante un ahora que por diversas razones consideremos peor, es un poco ingenuo: estaba Arévalo riéndose de mariquitas y gangosos a la vez que La Martirio repartía feminismo cañí con pendientes de paellas y guantes de látex. Fuera o dentro de la televisión, lo transgresor, lo distinto, subir el rubor de las mejillas oportunas, era y es revolucionario. Solo si esas mejillas acaban cabreadas.

Porque los romanos lo sabían. Acabada la fiesta, el esclavo volvía a acarrear ánforas, leña y a soportar latigazos, por mucho que Saturno les hubiese dado licencia. La revolución del jolgorio, dentro del sistema, se pinte como se pinte, es el soma de Huxley, el circo de Nerón, otro golazo de Yamal, otra cuarteta del Bizcocho: pan para hoy, hambre para mañana. Si el Carnaval es revolucionario es porque siempre hay quien se atreve a más. Pero ahí no acaban los temores del sistema.

Estos días hay que escuchar también a quien ve en Bad Bunny una suerte de leyenda social por haber aprovechado su actuación en el descanso de la Superbowl, para hacer un alegato en pos de la identidad panamericana. Perfecto. A pocos kilómetros de allí, en el mismo país, había máscaras tapando las caras de quienes hacen la contrarrevolución desde dentro, sin sones, sin bachatas, ni trapeos. Otra familia perderá a otro miembro a balazos. El crimen: no ser el americano que quieren que sea. Acabado el concierto, Saturno se irá, y el mundo regresará. La revolución se acaba.

Por eso conviene recordar que, aparte de sacar los colores, hay que cabrear. La Parodia Nacional cabreó, como Los Guiñoles. Y aunque fuese en prime time, como una Superbowl, los cabreos cuentan. Son el primer paso. Después, lo suyo es seguir. En cada perfil de cada red social, sí, pero también en cada plaza, en Minneapolis, en Madrid, en Cádiz. Y luego, en cada urna. Y si todavía no sirve, saquemos la flauta, antes de que la rabia mate al perro. Ya se pudo una vez. ¿Por qué no otra?

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