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Cómo renunciar a la aspiración corriendo el riesgo de que se le lleven, como a todo un país, por delante

Surgió la conversación como cualquier otro día cuando tienes un amigo que nació y creció al amparo de la antigua URSS: comparando el hoy con el ayer.  Solo que ese día se metió por el medio una compañera rumana. No era para menos.

Iba de revoluciones la cosa. Algo sabían los dos. A ella no le gustaba el nada disimulado socialismo nostálgico de él: eslovaco, nacido y crecido al amparo de un régimen que les dio una vida basada en un precepto sencillo, trabajo e identidad. A ella, la Rumanía de Ceacescu le quiso dar algo parecido, sin demasiado éxito.

“Este mundo no me pertenece, amigo, lo que me queda es el trabajo.” Y la cerveza, le respondí. Los achaques se lo llevaron por delante, y algún que otro vodka y pinta de más. Su esencia eslovaca permanece, como el recuerdo de unos imposibles que sobrevivieron en la fe inaudita de demasiada gente. Un sentimiento tan cercano a la espiritualidad que puede fácilmente traspapelarse como integrismo religioso. Una cuestión de fe, y de ser.

La cuestión es que aquella conversación a tres bandas entre el nostálgico socialista eslovaco, la hastiada rumana crecida entre el Material Girl de Madonna y el Tuica, y un extremeño emigrado con la ilusión dormida y empaquetada del 15M, empezó a virar en debate político. Tres carriles donde yo me veía casi como aquella tercera vía tan cacareada en demasiados círculos políticos donde se hablaba mucho de sillones y terciopelo, y muy poco de medidas y urgencias sociales.

“Mira”, comentaba ella, “cuando mataron a Ceaucescu, a mí me pilló camino de un bar donde había quedado con unos amigos. Era Navidad, imagínate. Me daba igual la revolución, me importaba una mierda el socialismo. Teníamos dinero, pero no teníamos dónde gastarlo. Pasado un tiempo, íbamos a los supermercados y si quería, me podía tomar una Coca Cola sin que me miraran raro. Eso fue la hostia.» El eslovaco rio a carcajadas. “Claro que sí, la Coca Cola soluciona todos los problemas.”

Cada vez que hay una convulsión política que convierte el mundo en un flan recuerdo este episodio, y a mi amigo Josef, por supuesto. A él, criado en una región que en invierno está cubierta casi en su totalidad por cincuenta centímetros de nieve, donde le enseñaron a acarrear leña, a recoger bayas de endrino, a curar quesos, a cultivar un huerto. A la planea subsistencia. Al apego local.

En el Bucharest de Ceacescu, como en cualquier país que promete mucho y da poco, las material girls querían el mundo que les cantaban, aunque se hubiesen criado con un padre en la Securitate y su madre llegase a casa con las manos peladas de fregar platos. Pase lo que pase, por mal que vayan las cosas, o bien, es raro que nos tomemos todo demasiado en serio. Cómo renunciar a la aspiración corriendo el riesgo de que se le lleven a una, como a todo un país, por delante.

Mañana habrá otra revolución, y pasado mañana, otra. Y muy en serio nos tenemos que tomar a nosotros mismos para no acabar, como siempre, da igual dónde y por muy conscientes que seamos de que no revuelve nuestros problemas, eligiendo la Coca Cola.

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