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Este 2026 se cumplen diez desde cualquier yo que viviera, allá por 2016, sin imaginar nada de lo que estaba por venir

2016. De cualquier recuerdo de ese año, estarán a punto de pasar diez. Casi nada. No es de extrañar que de repente, y sin explicación aparente, haya un ataque generalizado de nostalgia, y las redes sociales se hayan llenado de imágenes estrambóticas, de vergüenzas sacadas al aire, de reflexiones acompañadas de una postal borrosa, llena de puntos redondos, llena de ninguna impostura. Nosotros saludándonos desde hoy, con cuerpo de mañana, a esos yoes de ayer que se resisten a morir. La vida, avisando, sin más, de que hoy empieza a pesar mucho.

El viaje me ha arrastrado, claro, y aunque no conserve demasiadas imágenes de esa época ni haya querido compartir ninguna, me había puesto, que diría Cifu de Los Celtas, a recordar. Nada en particular, simplemente, el propio peso de los días. Me puse a hacer metafísica y matemáticas con lo vivido.

Por ejemplo, entre el momento en que puse los pies en el instituto hasta que los saqué, hay una diferencia casi exacta de seis años. Entre el niño de doce años que entra, patito absoluto, en ese océano hormonal que se abre a traumas, responsabilidades, expectativas, hasta la salida, el puerto final o el principio de todos los mares, la universidad, el terror, la adultez en su prólogo, solo pasan seis años. Es el mismo período de tiempo que ha pasado desde que escribo estas palabras y los primeros síntomas del primer infectado por coronavirus. Es un mundo. Todo el mundo, prácticamente.

¿Cómo puede equivaler lo mismo ese espacio casi infinito del primer curso de la ESO y la primera matriculación en la universidad, a todo lo que calculo que ha pasado entre hoy y ese ayer de hace, solo, seis años? Solo. Es imposible.

Juraría que en ese intervalo de tiempo caben muchas más cosas que las que tengo la sensación de haberme perdido en estos últimos seis años pospandemia. ¿Las tardes de callejeo, el verano de piscina, la pesadilla de las ecuaciones de segundo grado, las excursiones de donde me traje gente para siempre, son, desde un punto de vista estrictamente numérico, lo mismo que seis años recortados en días de trabajo, de estrés, de aferrarse a cada mínima manifestación de disfrute, por si acaso?

Miro al calendario de Facebook, algodón social que no engaña, y efectivamente. Seis años. Y sí, este 2026 se cumplen diez desde cualquier yo que viviera, allá por 2016, sin imaginar nada de lo que estaba por venir. Seis años, diez. Qué más da.

¿Como no se van a publicar fotos de 2016? ¿Cómo no vamos a tener pánico de perdernos por el camino y olvidarnos de lo que fuimos, sabiendo que cada día, poco a poco, va pesando menos, por mucho que en el fondo, siga pesando lo mismo?

En las cajas de recuerdos que solían traer consigo los residentes de los geriátricos ingleses donde trabajé, cabían siempre muchísimas fotos. Era lo típico. Pero una vez, un señor trajo una bolsita negra donde guardaba, como único recuerdo, un pequeño reproductor de cedés, con un disco de Ella Fitzgerald en su interior. “Con esto me vale”, me dijo. Cerraba los ojos, se ponía los cascos, y durante los cuarenta o cincuenta minutos que durase el disco, Ella se lo llevaba de viaje a donde él quisiese regresar sin necesidad de recordarle al resto el peso de sus días. No le hacía falta nada más. Él lo entendió todo. Ojalá el resto también fuésemos capaces.

One Comment

  • Lo que pesa un día o lo que pesan los años cuando se mira para atrás, como tu dices, «seis o diez, qué más da». Efectivamente, llevas razón en esto de no saber qué ocurrirá en los años venideros y en esta ignoración no preocuparse. La preocupación viene después cuando tienes setenta años y ves que te quedan menos años de vida que los que has vivido. Aunque para muchos. es mi caso, hace tiempo que todo esto lo relativicé y me puse a vivir al día, el presente es lo más cierto. Saborear cada momento es lo que, para mi, importa.
    Gracias, compañero por hacerme reflexionar sobre el tiempo mientras leía tu relato.
    Un abrazo grande.

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