Cuando la de indios terminaba, empezaba otra en la que yo ya me imaginaba madrugando, volviendo al colegio y queriendo escapar para volver a proteger mis tierras de los vaqueros

Mi madre me envió otra foto de hace ya demasiados años. Una foto borrosa, foto de otra foto, hecha quizás con un móvil, en un tiempo en que las plegarias al dios del megapíxel eran indudablemente menos exigentes que ahora.
Ahí estamos los tres, mi hermana, mi madre y yo, casi como en una postal impresionista donde merece más la pena vernos de lejos que de cerca para no perder detalle. Como debe observarse e hilar el recuerdo de esa foto y casi cualquier recuerdo: en la lejanía del tiempo o de la distancia.
La foto seguramente la hizo mi padre, que odiaba salir en ellas. Mi hermana y yo compartimos tipo carnavalero, disfrazados de indios, mientras mi madre, en el centro y diría que no por casualidad, nos sujeta por los hombros, con algo más de trabajo a mi hermana, que a duras penas le alcanza la cadera, y algo menos esforzada a mí, que le llego al hombro por poco. Los años, aunque no termine de creérselo, no han pasado por ella. Por mi hermana y por mí en cambio, con mayor o menor justicia, sí que han pasado. En la foto no debíamos de tener más de seis o siete. Y ese blanco que nos sirve de fondo, y esa puerta, solo pueden ser los de la casa de mis abuelos.
Salvábamos esos escasos cinco kilómetros de estrechísima carretera, de un pueblo a otro pueblo, esquivando camiones y tractores casi cada fin de semana o cada vez que hubiese algo importante que celebrar. Escapábamos del pueblo grande por un rato para ir al pueblo chico, trasunto a pequeña escala de cualquier huida de cualquier familia urbana de la época, pero con muchísimas menos ínfulas de viajero esforzado. Y con todo el goce del mundo, al menos para mí.
Aquellas escapadas fugaces suponían una aventura improvisada segura. Ese humilde montón de casas blancas reflejando la dureza del sol en verano o tragándose el gris del invierno, rodeadas de arboledas, de caminos pedregosos, de acequias, de campos en barbecho, entre tomateras o brócolis, o con maíces que me doblaban o triplicaban la altura, eran el escenario perfecto para cualquiera de mis ensoñaciones momentáneas. Había tanto espacio, tanto donde correr, donde saltar, donde perderse, que no se necesitaba un disfraz de indio para actuar como tal.
Las horas se gastaban casi siempre entre los cipreses de un bosquecillo cercano, daba igual que lloviera o sudasen las chicharras. Los troncos pegajosos y perfumados de los viejos y alargados árboles servían de atalaya las veces que se improvisaba alguna guerra de piedras, o se convertían en el mejor resguardo para jugar al escondite, o eran en otras ocasiones, en toda su simple y majestuosa existencia, un desafío de agilidad y pericia para quien quisiese alcanzar un nido de tórtolas en la rama más alta.
El límite, cuando no decidíamos que lo trazara el río, era en realidad mi propio cuerpo. Solo cuando estaba realmente cansado regresaba a ahogarme en dos o tres litros de agua y a picotear el queso y el salchichón que había partido mi abuelo, muy cerca de volvernos ya a casa, poco después de que mis padres hubiesen iniciado la cuenta atrás del regreso con un sonoro y doloroso ‘dónde andabas’.
Cuando la de indios terminaba, empezaba otra en la que yo ya me imaginaba madrugando, volviendo al colegio y queriendo escapar para volver a proteger mis tierras de los vaqueros. La de indios, esa que ponían solo los fines de semana de hace ya mucho tiempo, dejó de emitirse el día que dejé de entrar en el disfraz y de trepar a los cipreses, esos árboles de sombra alargada que juegan cada vez que pueden a ser relojes con el sol y a recordarnos lo leves que somos. Sigo paseando por los maizales y por los caminos pedregosos y sigo entrando en las tomateras, como sigo yendo al Guadiana, ese límite de la ensoñación cuando ésta se escapaba de las inmensidades terroneras del pueblo, con la perspectiva ya del indio que cedió ante los vaqueros y huyó a la reserva a conservar su más preciado tesoro: una historia que poder contar sobre la que un día fue la patria inolvidable de la infancia.

Magnífico relato de la infancia inmerso en lo rural.
Enhorabuena por acercarnos a ese límite de la intimidad donde la sencillez se vuelve solemne.
Gracias por estos relatos, un regalo 🎁 para los que te seguimos.