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Los mismos que sembraron la discordia nos querrán vender, de nuevo y pasado el tiempo que consideren, la concordia, otra más, a su manera, con sus normas, sus acuerdos, sus reglas

Hay zonas del Alentejo portugués que te saludan con enormes carteles electorales todavía hoy, que cualquier elección ya queda algo lejana. Las bienvenidas más comunes y grandes, llamativas en comparación con sus competidoras, “Esto no es Bangladesh”, o “Los gitanos tienen que cumplir la ley”, a la entrada y la salida de Elvas, Borba, o Estremoz, por poner solo tres ejemplos.

Cuando los veo me acuerdo de aquel “Limpiando Badalona” del PP de García Albiol, y sí, me da por pensar que todo está inventado, por mucho que en ese juego que es siempre tan puntilloso de llamar la atención, Chega, esa invención oportunista a la portuguesa que es la misma que tantas otras en tantos otros sitios, haya convertido la partida de la política en una pelea. La ambigüedad es una apuesta segura en política: matar moscas a cañonazos es útil cuando quieres que todo el mundo tenga la sensación de que haya una plaga, aunque no exista. Ya sea para avisar de suciedades o de obviedades geográficas. No solo en Portugal.

“¿Para cuando el día del hombre?”, rezaba una campaña de sensibilización para el 8M. Lejos de pensar que la publicidad tiene que ser ingeniosa, y que llamar la atención es lo importante, si el mensaje importa más que el contenido, ¿para qué prestarle excesiva atención? Luego pasa lo que pasa, que se encuentra uno con curiosidades como que un programa electoral para las elecciones de Castilla y León haga promesas a los aragoneses, o que directamente, nadie conozca a un candidato, porque lo que convence ni siquiera son ya las siglas, si no el grito.

Los gitanos tienen que cumplir la ley, claro, ¿y el resto? Entiendo que también. Esta claro que no, que Portugal no es Bangladesh, que el Día del Hombre ya existe, aunque se pregunte por él y poca gente sepa cuándo es, que Aragón no es León, y que, si alguien está Limpiando Badalona, bien por esa persona. Pero qué más da a quién se hiera de rebote.

Entre todos hemos aceptado que lo importante, más que el qué, es el quién, y en pocos casos, el cómo. Todos pensamos que somos los buenos, que ningún bombardeo nos pillará cerca, que cualquier delincuente está lejos de nosotros, hasta que aparece cerquísima, y que cualquier atisbo de pérdida de libertad es pecata minuta comparado con la tortura de tener que llenar el depósito del coche por encima del euro con sesenta ante la perspectiva de ver peligrar nuestra ansiada escapada playera. Perdido todo atisbo de esperanza, de encontrar una solución, incluso un enemigo, nos conformamos con el primero que nos ofrecen. A poco que uno se pone a darle vueltas a los periódicos y a las calles, se da cuenta de que estamos cerca de empezar a sublimar otro tiempo de discordia. Y lo peor de todo es que los mismos que la sembraron nos querrán vender, de nuevo y pasado el tiempo que consideren, la concordia, otra más, a su manera, con sus normas, sus acuerdos, sus reglas.

Esa es la trampa de los gritos contenidos en los carteles, que quien decide quién es el enemigo, también decide cuándo dejamos de ser rentables. Ojalá seguir vivos entonces para poder contarlo, si no nos han señalado también, por mucho que pensemos que ni por asomo somos parte de “los otros.”

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