Si las malas noticias nunca vienen solas, hagamos porque las buenas no tengan tampoco que ser las únicas que nos muevan

Es mañana de sábado, el cielo luce muy invernal a pesar de que la primavera esté haciendo el cambio de armario. Hoy se sale.
Encima del microondas hay una trenza de hojaldre, la radio suena en el patio, y a lo lejos veo a mi padre, que se bebe una cerveza y mastica almendras como un carbonerillo.
La mesa del salón está ocupada por platos, vasos, servilletas. Navidad atrasada o adelantada, según se lo tome uno. “No se puede esperar”, pienso, porque sí, evidentemente ha sido mi madre la que ha puesto la mesa. No era precisamente esa la idea, pero bueno está. Hay quedada familiar.
Me espeta que está nerviosa, que ha tenido que tomarse una infusión. “Por qué”, le pregunto. Que yo qué sé, que como me puse tan serio con lo de que quedásemos todos este finde, pensaba que iba a dar alguna noticia importante. Pues no, no hay noticia importante. Lamento la decepción. Y esa en sí ya es una maravillosa noticia.
Es entendible que juntarse y comer para dar buenas nuevas sea casi una obligación cultural, si no, no existirían las bodas, los cumpleaños, las despedidas, los bautizos, las comuniones. Hemos unido cada ritual más o menos sacrosanto a la obligación litúrgica de comer y beber. Novatos que entran y veteranos que salen lo hacen con comidas y cenas, llegar al mundo no se contempla sin tartas caras ni caldos en condiciones y empezar a compartirse la vida mientras la eternidad del amor funcione, también. Vale. Pero no termino de firmar debajo de las sorpresas, de las anunciaciones, de la editorializar los momentos para que tengamos que abrir el mueble de la vajilla buena, dejarnos unos euros más en un vino que raspe menos, darle un empujón al gusto, y apostar por algo que no sea tan común en la nevera. Sin planes, sin invitaciones, sin rojos de calendario, sin echar cuentas de días libres. Apañarnos la quedada cuanto antes, no sea que.
No termino de entender por qué la normalidad del cariño compartido, el del amor que una familia o unos amigos se profesan, aunque se pregone menos de lo necesario y acabe enterrado entre las malas calculadas obligaciones y detestados grupos de WhatsApp de donde se querría salir, pero nunca se sale, necesite excusas y edictos. Debería recetarse, ser de obligada prescripción médica, el quedar con los que uno quiere y ve poco o nada, para simplemente celebrarse, sin celebrar nada en absoluto. Existir y estar al lado, visto lo visto, ya debería servirnos como excusa más que suficiente. No, no hay noticia importante, mama, lo siento. Hacemos esto porque nos apetece, nos apetecéis. Y ya está.
Si las malas noticias nunca vienen solas, hagamos porque las buenas no tengan tampoco que ser las únicas que nos muevan, que nos obliguen a hacernos, más que a decirnos.
