La vejez es eso que pasa mientras el resto del mundo se empeña en seguir siendo joven

Durante mucho tiempo he pensado que crecer es aprender a sufrir, si es que eso puede aprenderse, y que la sabiduría no está en la acumulación de conocimiento, sino en la resistencia a él. Hay muchas maneras de sufrir, y conforme uno va teniendo la mala costumbre de seguir cumpliendo años, se descubren más. Va pasando el tiempo, y lo que antes era un día de resaca, ahora son tres. Un esguince de dos días se roba casi un mes, y las agujetas secuestran las piernas durante una semana, sin ningún tipo de contemplación. Pero hay un consuelo: solo es mi culpa. La semana que viene me portaré mejor. No queda otra.
Tanto si uno crece y ya tiene responsabilidades para querer pasar por esa muerte a pellizcos que es comprarse una casa, como si no ha crecido lo suficiente para saber aún lo que significa morirse, uno de los peores sufrimientos a los que se tiene que hacer frente es, sin duda, el de quienes dicen haber sufrido mucho, y enseñan al resto a sufrir, o peor, a cómo tienen que sufrir para que la recompensa deseada merezca la pena. Se aplica mucho en el deporte eso de “saber sufrir”, como si fuese algo estudiable, aprehensible, como una FP o una oposición, que en sí ya es un buen sufrimiento. Puede que sea la necesaria penitencia de estos días, qué le vamos a hacer. Como si el saber se leyese en cicatrices.
Aprender a sufrir también supone aprender a conocer a los sufrientes. Como tuve la suerte de criarme con cuatro abuelos, y un bisabuelo que le escamoteó sin querer a uno de ellos el visado de sabio del hogar durante muchísimos años, fui testigo de excepción de cómo la vejez es eso que pasa mientras el resto del mundo se empeña en seguir siendo joven. Y no necesariamente es agradecida.
Mi bisabuelo, que era viejo de solemnidad, que sufrió como tantísimos otros en demasiados frentes, disparó su máuser contra la antipatía, la deshonestidad, la falta de cariño y el rencor, con más ganas que contra cualquier enemigo que se inventaron otros para ponérselo delante en cualquier prado. De golpe y porrazo se fue un día, con noventa y siete palos, prácticamente sin avisar, sin hacer demasiado ruido, sin querer ser más carga ya de lo que supuso que fue, habiendo sufrido bastante, pero sin dar instrucciones al resto, que le queríamos mucho, sobre cómo se tiene que sufrir. Se fue sin desear que su sufrimiento fuese nuestro aprendizaje. Y se lo agradezco profundamente. Cuando tenía algún mal día, lo único que hacía era darme un beso, llevarse la mano al bolsillo, y ofrecerme un caramelo blando, o con piñones.
Me consuela saber que su herencia fue esa, y no la del legado sufriente, esa manía de anunciar castigos y represalias, como si las recompensas estuviesen programadas solo para llegar después del dolor.
Cuando oigo a alguien, muy sufriente por supuesto, decir que si no se llega al alquiler es porque sobra cerveza, sobra la queja, y falta el trabajo, me acuerdo de él, claro, que se fue sin anunciarnos lo mal que lo estábamos haciendo. Quizás porque, como todos los de su generación, sí supo lo que era sufrir de verdad. Bien haríamos el resto en aprender que no hay peor herencia que una penitencia.

Magnífica reflexión la del crecer interior o lo que es lo mismo madurar sabiendo enfrentar la vida con sus pros y contras. Extraordinario ese punto de referencia en tu abuelo nonagenario «que se fue sin hacer ruido», cómo los grandes hombres.
Gracias, compañero.
Un abrazo grande