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Participar todavía del engañoso negocio de la curiosidad y de la sorpresa en un lugar donde pareciera que todo el mundo está ya harto de descubrir por descubrir, es casi un milagro

Pasear por la Gran Vía de Madrid sigue siendo un ejercicio de sociología fascinante. Sobre todo de sociología propia. Hace unos días, recorrí la terrible arteria madrileña por la tarde. Se estaba yendo el sol, y en el cielo comenzaron a dibujarse frenazos de arrebol que activaron los móviles de cualquiera que subía o bajaba por las aceras. En el paseo, aproveché para mirar, observarlo todo, que es lo único que se puede hacer en Gran Vía cuando no tienes dinero, dejarte estimular. Hay tantas cosas en las que pararse, que uno tiene la sensación de ir más despacio en el procesamiento de la información, que la propia información en sí, como aquellas tardes de ciber peleando contra un Intel de primera generación que no quería darle todo el permiso necesario a Internet Explorer.

Me dejé sorprender por todo. Por un momento, me sentí como Paco Martínez Soria recién llegado a esa misma ciudad, tan avasalladora, tan aplastante. En una de esas, me vi de frente con un grupo de gente enorme. Es probable que hubiese unas cien personas o más, arremolinadas en torno a no sé qué. No pude resistir la tentación y me acerqué. Quería ser testigo del asombro, o mejor dicho, no quería perdérmelo, que va más con los tiempos que corren. Cuando pude tener una visual del tremendo acontecimiento, me di cuenta de que no pasaba nada. Aquel grupo tan ingente de gente simplemente estaba allí, esperando, hablando, mirando sus teléfonos, riendo. Existiendo, sin más.

Me delató mi curiosidad como extranjero de aquel sitio, claro. Participar todavía del engañoso negocio de la curiosidad y de la sorpresa en un lugar donde pareciera que todo el mundo está ya harto de descubrir por descubrir, es casi un milagro. No hay nada más delator para un foráneo en una gran ciudad que la curiosidad. Seguí caminando entre grupos cargados con bolsas de papel, bailarines, excursiones, parejas que compartían un helado, una hamburguesa, unas patatas, hasta una foto. Poco después de mi decepción, empezó a llover.

El cielo se deshizo en un intervalo de diez minutos. Cayeron chuzos de los que duelen, gordos como posavasos, que sonaban como guijarros en un tejado de chapa. Cuando se estrellaban sin miramientos contra el suelo. De repente, todo el mundo empezó a correr, a resguardarse en escaparates y tiendas, y en los pocos refugios abiertos hacia el interior que ofrecían algunas fachadas. Escuché hasta gritos.

Por un momento, me sentí extraño. Hasta hace un momento estaba borracho de sorpresas y descubrimientos, y ahora, con la chaqueta empapada y las zapatillas a punto de entonar la canción de los charcos, no entendía nada. Solo era lluvia, agua. Y todo el mundo parecía estar asistiendo a una fiesta a la que yo no tenía invitación.

Supongo que por eso lo llaman sorpresa y curiosidad. Nunca sabes cuándo puede parecer la primera, y cuando vas a estar preparado tú para considerar que merece la pena utilizar la segunda.

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