Cuando hay frustración, la culpa tarda muy poco tiempo en encontrar padre y madre. Siempre es de otro.

A pesar del sol, de los santísimos días que una mayoría aprovecha para recordarse que todavía merece la pena vivir, de los buenos cafés y de las buenas comidas que nos regalamos y compartimos, de los ratos de lectura y escritura, de las buenas compañías con cerveza, con vino, sin alcohol, con gluten o sin gluten, hay frustración.
Hay frustración por una cola en un monumento, por una cola en una heladería, por una silla que falta en una cafetería, y hay frustración por las sillas que el resto ocupa y no termina de desocupar para que otra persona frustrada la ocupe. Hay frustración por un mal servicio, por una comida mal cocinada o servida, hay frustración por la derrota de un equipo, por el ramo de flores que impacta en la cara de un costalero que muestra su frustración sin ambages, hay frustración por una protesta que suena a la vez que una banda tras un paso y hay frustración porque sigue subiendo la gasolina. Hay frustración porque el estado no nos rescata de la guerra y hay frustración por quien no parece merecer tal rescate.
Hay frustración, por todos lados. Miremos donde miremos. Hay gente frustrada, cabreada, que no consigue ni tan siquiera que los pocos ratos de asueto que se puede permitir sean eso, asueto, pausa en el laburo, en eso que mal llamamos obligaciones, como si nos fuese la vida, o las facturas, en ello. Como si solo supiésemos a estas alturas guardar amabilidad para sonreírle a la nómina.
Najwa Nimri, que además de ser buena actriz, no parece tener problemas para decir lo que piensa, declaró recientemente en una entrevista que lo que peor, o mejor, según se mire, que lleva de los cincuenta años, es haberse dado cuenta de que todo es una mentira, y que lo único que importa al final es quien te rodea de verdad. Hay mucho ahí de haber pasado por muchas frustraciones.
Porque lo peor de la frustración es cuando se reparte. Cuando hay frustración, la culpa tarda muy poco tiempo en encontrar padre y madre. Siempre es de otro. A pesar de todo, no se tarda mucho en llegar a la conclusión de que es mejor huir. Abandonar la cola, hacerle la cruz a ese sitio terrible, darle una buena contestación a quien todavía no se ha dado cuenta de que siendo un miserable no se va a ningún sitio, y que, si la gasolina sube, en lugar de dos viajes, lo mismo solo toca a hacer uno, o ninguno, y descubrir que la distancia es inversamente proporcional a la necesidad de calma y sosiego.
Nadie va a heredar la empresa para que la que trabaja tan duro, ni va a solucionar los problemas que amenazan a la civilización, si no empieza por apagar los fuegos más inmediatos, antes de lanzar la antorcha contra el de enfrente.
Si dicen que la devoción y la procesión se llevan por dentro, que se note un poquito fuera. Todo sea por equilibrar el vía crucis que la mayoría parece sufrir cada vez que se levanta, y hasta que se acuesta. De poco sirven los golpes de pecho si somos incapaces siquiera de hacer que los ratos de libertad que nos regalan merezcan la pena.
