Agarrado a un libro, con mi hermana colgando hasta cuando tenía que ir al baño, así me recuerdo hasta bien entrado los siete años, si no más.

En mi casa, supongo que como en todas, hay muchísimas fotos de cuando era pequeño. Ese es al menos el recuerdo que tengo, el de aquellos cajones del mueble de la entrada y del salón como pozos sin fondo albergando sonrisas vacacionales, momentos embarazosos y caras sonrientes. Pero hay una, solo una, que creo que resume muy bien mi infancia.
Es una foto maravillosa en la que estamos mi hermana y yo en el baño de mis abuelos. Yo estoy sentado en la taza haciendo mis cosas, con los pantalones bajados, sujetando un libro ilustrado de animales, con mi hermana al lado, sentada en una banqueta de esparto.
Agarrado a un libro, con mi hermana colgando hasta cuando tenía que ir al baño, así me recuerdo hasta bien entrado los siete años, si no más. Aquellos libros ilustrados de animales me hablaban de hábitats, costumbres y continentes muy lejanos que explicaba y descifraba para mi hermana. Así nos pasábamos las horas cuando no nos queríamos matar, cuando a ella no le daba por esconderse y desaparecer o cuando no nos perseguíamos o nos imítabamos, o cantábamos la canción del Cola Cao por trigésimo cuarta vez, siguiendo como buenamente podíamos los subtítulos de aquel vídeo promocional que mi madre seguramente anhelaba reventar a martillazos.
Crecimos claro, y los libros de animales se fueron a dormir a un armario para no despertar más, y dejamos de bailar el Cola Cao y de querer matarnos, como dejamos también de perseguirnos y de querernos como se quieren los hermanos pequeños, compartiendo guantazos y trastadas.
Y entre el armario empotrado de la clase de primaria donde me dejaron caer un día, y la biblioteca municipal con aroma a cloro de piscina y césped recién cortado, empecé a repartir mis secuestros de libros con cada vez menos ilustraciones. Los Pirata Garrapata, Fray Perico o Cucho solo aparecían en la portada, iba a ser yo quien ilustrara sus andanzas: los continentes, los hábitats y las costumbres solo podían existir dentro de mi cabeza toda vez que decidiera montarme en el tren de aquellas páginas. Viajar así fue una experiencia maravillosa, pero como quien se traslada demasiadas veces al mismo sitio, acabé harto de los mismos lugares y de la sensación de decadencia que todo viajero intuye que se avecina, huyendo antes de que le atrape. Los piratas y los frailes aventureros solo pueden ser divertidos hasta el día que descubres que los piratas de verdad no tienen pata de palo y los frailes están muy lejos de ser tan aventureros como lo fue Perico.
Ni del armario empotrado de aquel aula de primaria ni de la estantería juvenil de la biblioteca municipal saldrían más conmigo aquellos libritos de lomo naranja o rojo. ¿Dónde vivían los piratas y los frailes de verdad? Lejos de allí. Hasta el olor era diferente en aquellas baldas donde podía leerse ‘ficción’ y ‘ensayo’, tan opuestas a todo lo que hasta entonces había estado masticando que las sentía casi como parte de un territorio fronterizo.
Allí olía a pirata viajado y a fraile con muchos rosarios rezados. Allí, claro, vivían los piratas y frailes de verdad, allí estaba la vida tal y como la contaban quienes la vivían y si tenían que imaginarla, la contaban muy parecida a como les hubiese tocado vivirla. Allí estaban Virginia Woolf, Hannah Arendt, Sartre y Camus, estaban Salinger y Emilia Pardo Bazán, y estaban también Hemingway, Carmen Martín Gaite y Delibes, y Víctor Chamorro, Dulce Chacón y cerca estaba también Landero. Y también estaba J. J. Benítez, porque la vida tambíen tiene sus bordes, y tambíen hay que palparlos. Y los palpé.
Aunque mi profesora me recomendara, delante de toda la clase, dejar de leer aquellos disparates antes de que empezara a pensar que Dios era un extraterrestre, ya era demasiado tarde. Soñaba con que aquel armario empotrado estuviese lleno de extraterrestres con forma de ángel, y que saliesen en tropel a apagar las risas dislocadas de mis compañeros. Estaba a punto de acabar ‘Terror en la luna’, el primer libro suyo que leí. Acabaría con toda su bibliografía en unos años.
Soñaba con que aquellos ángeles existieran como lo contaba Benítez, con hábitat y continente propios, que pareciesen tan reales como reales creía que eran las sabanas donde pastaban las cebras y las girafas de los libros ilustrados, o las junglas donde reinaban los jaguares o los orangutanes.
Las correrías tras los ovnis de Benítez descansan ahora en cajas de plástico junto con muchos otros libros, en una nave frigorífica donde en su día mis abuelos guardaban la carne. El libro que sujeto en la foto creo que sigue en mi cuarto. Ya no soy tan naturalista, he vuelto a la parte más alejada del borde, donde viven Delibes y Landero, y mi hermana sigue desapareciendo de cuando en cuando. Nos dejamos de querer como nos queríamos antes, pero nos seguimos queriendo de otra manera.
¿Y el destino del próximo libro? Un misterio, pero tanto si acaba durmiendo en un armario lleno de extraterrestres, en un cajón de plástico o siendo el objeto central de una fotografía antediluviana, espero siempre que el viaje merezca la pena.

Querido amigo y compañero del alma, este relato es uno de los más tiernos y cercanos de los que has escrito. Un relato crónica que puede servir para el fomento de la lectura. Qué bueno es recordar y dejar que los recuerdos limen los errores del presente. Recordar es vivir lo vivido con esa intensidad que la adultez nos permite. Me ha encantado. La foto tan prosaica no tiene desperdicio, bueno tiene mucho de evacuación saludable y lectora que nos acerca a la tremenda humanidad y nos aleja de creernos cuerpos angélicos.
Gracias, compañero del alma, compañero.