Volver a lugares donde se fue feliz y encontrarlos iguales es un tesoro. Encontrarlos cambiados y disfrutables por otros, también.

La primera, y por tanto única vez que uno cumple treinta años, piensa que todo puede ir cuesta abajo. Y sí, puede pasar que se tenga el reflejo, quizás el vértigo, de imaginar que la vida depara ya pocas sorpresas. Hay una constelación de librepensadores, con perfil en multitud de redes, empeñados en convencernos de que cada década que coleccionamos es una crisis, y ellos, por supuesto, tienen la solución para capear esa tormenta. A mí me llovió poco. Y así sigue.
Nunca me han convencido los discursos derrotistas ante el paso de los años. Cumplirlos significa vivirlos, y pese a que hacerse mayor, con sus cosas, tiene mucho de tener que masticar decepciones, por mucho que me quisiesen convencer de que a los treinta me iba a encontrar con sensaciones pésimas, he disfrutado un lustro con la misma ilusión que cuando tenía veinte. O más.
Que no nos engañen. Ni los treinta son los nuevos veinte, ni los cuarenta los nuevos treinta. Los años son los que son, y cuando se tiene la suerte de vivirlos con quien vale la pena contarlos, no hay tormenta que pueda con los palos del sombrajo.
Luis Landero, al que rezaría si solo existiese en estampitas y libros milenarios, dijo en una entrevista que no conviene volver a los sitios donde se ha sido feliz. Le entiendo. Aplaudo la nostalgia poética de los buenos escritores, pero nunca su derrotismo. Sé que hacerse mayor tiene su hipoteca de recuerdos y pérdidas, pero es impagable en comparación con lo que supone saber vivos otros tantos contextos. Volver a lugares donde se fue feliz y encontrarlos iguales es un tesoro. Encontrarlos cambiados y disfrutables por otros, también.
La felicidad es un trasto caprichoso que hace que el niño se vuelva así. Como ese regalazo que el día de Reyes le ilusiona y le maravilla, pero que olvida salvo cuando hay otro chaval que vacila con arrebatárselo. Le pese a quien le pese, con los años nos sucede eso. Y es un ejercicio necesario y casi sanador regresar, regresar siempre, saludar, si los hay, a los fantasmas, convertir el olvido en una huella de mano sobre cemento fresco, los traumas en ocasiones y los recuerdos, en paseos por donde perderse hasta encontrar las mismas huellas pisadas un día para mirarlas con renovada ilusión. Agarrar cada brizna de leve intensidad como si fuese el maná prometido.
Soy más mayor que hace treinta y cinco años, pero estoy deseando poder cumplir setenta para regresar a todos los yoes que dejo atrás y decirles, oye, tampoco lo hiciste tan mal, mira hasta donde me has traído, ¿te parece poco? Y da igual si es muy lejos y muy cerca: los lugares son uno en un momento que, sin querer, se convierte en eterno. Al final, la felicidad es eso: poder volver y decir que, pese a todo, seguimos adelante.
