La narrativa de la vida, que acepta contemporaneidades, poesía, novela y extranjería con una facilidad tan natural como las estaciones, sigue viendo extraña la consideración del feminismo

Se estrenó hace bastante, pero lo vi hace relativamente poco. Ese documental, Ellas en la ciudad, habla sobre las mujeres que poblaron, desde la obligación y sobre todo desde el sufrimiento, una España que las expulsaba siempre hacia dentro desde las afueras, en este caso, Sevilla, que es el campo de pruebas en el que las mujeres avanzan, a pequeños pasos de gigante, por donde nadie se atrevía a pisar, casi siempre solas, en el contexto hoy casi prehistórico de una dictadura que se moría, pero que se agarraba fuerte al borde del precipicio.
En ese España de los años setenta, las reivindicaciones, enquistadas a lo largo de los años, se heredaban como un traje de novia o las responsabilidades puertas adentro. Escena a escena, es imposible no ver en esas caras las mismas que acarrean hoy, da igual dónde, el peligro de querer ser libre. Porque da igual si lo que se dirime es el futuro de una escuela, la recuperación de un parque, o el desahucio de quien lleva sesenta años en un piso que, por mucho que un alquiler no pague, lo aguantan unas manos.
Sorprenden muchas cosas de ese maravilloso documento, pero principalmente, la nulidad de la evolución de la sociedad en cuanto a lo más básico: qué queremos, cuándo y de qué modo. Cincuenta años, que es ayer si hablamos de historia. Pero es que es todos los días.
Cuando solo desde un megáfono se escuchan los mensajes que, de normal, cualquier periódico, cualquier radio o cualquier teletipo deberían estar relatando, se demuestra que los tiempos, mal que nos pese, no cambian. Hoy, es todo lo que creímos inmortal lo que se cae a pedazos. Sin embargo, ahí sigue intacto el dogma. La mujer a la derecha del padre, la primera dama, el soporte, la protectora. El relato, que sigue escribiéndose, salvo cambios de protagonismo, no varía mucho en su guión: en la periferia de la historia pasan muchas cosas, en el centro, también, y el protagonismo, cegado, nunca se mueve. Las guerras silenciosas que se libran cada día las sostienen, mal, bien, o regular, los mismos hombros.
La narrativa de la vida, que acepta contemporaneidades, poesía, novela y extranjería con una facilidad tan natural como las estaciones, sigue viendo extraña la consideración del feminismo. Sorprende ese afán de exotismo, de tratarlo con las ínfulas del academicismo, como si fuese uno a aproximarse a una nueva especie de planta o de lenguaje. Como si ser mujer todavía exigiese sesudas tesis y argumentadísimas explicaciones.
Hay un afán en creer que la libertad es eso que una tiene que decidir desde un mueble. Una balda en una librería, o un armario, como únicos lugares desde donde se generan las libertades más inofensivas, que pasan por ser al final las que marcan una vida. Como si un hijab o un burka fuesen las únicas cadenas que hubiese que romper desde que se nace.
Hay un afán, hoy más que nunca, en que el hashtag sea el objetivo, más que el medio. Que cada consigna sea carne de tiktok, donde es fácil que la relevancia la decidan otros. Hay, a fin de cuentas, un afán en que la historia siga siendo la misma. No hemos cambiado demasiado, no.
Pero es que ya es demasiado tarde. Hoy, más que nunca, la vergüenza ha cambiado de bando, pero lejos de que quieran convencernos desde donde se generan las narrativas de la vida, ya sea desde un estrado, desde un periódico, o desde un portaaviones, de que esto es una guerra abierta entre sexos, maneras de existir y de convivir, esto va de cambiar, de una vez, el guión. Y sí, queda mucho por cambiar aún, tanto por lo que resistir, que es imposible no sentir que cualquier grito sepa a poco. Ellas lo saben, y quieren que lo sepamos todos de una vez. Sea desde donde sea, en espacio, en tiempo.
