Queremos seguir pensando que si vamos en segunda mientras el resto va en quinta, llegará un momento en que, por arte de birlibirloque, acabaremos todos, con suerte, en tercera

Hay una quedada familiar de la que no me importa convertirme en organizador, por agilizar. No tardo en arrepentirme cuando comienzan las complicaciones. Va uno mirando fechas para acoplarse a todas las posibilidades, al sitio, a los transportes, a las consecuencias de que alguien no pueda venir, a esto, a aquello.
Vas andando por la calle y te bajas de la acera para facilitar el paso al carro que viene, o al patinete. O en esa presentación en la que te quedas de pie y dejas la silla vacía, aunque te moleste un poco el pie izquierdo, porque seguro que hay alguien a quien le molestan los dos pies, o las dos caderas. Vas a la frutería y dejas tu turno a quien lleva dos ciruelas en una bolsa, o a la señora apurada que va a perder el autobús. Tienes mucho trabajo por delante, pero te llama una persona cuyo nombre no esperarías encontrar jamás a media mañana un lunes formando sin querer la silueta negra de la urgencia en el centro de la pantalla. Accedes a todo eso y más. Cedes. Entregas una parte de ti. Ceder, qué palabra, qué acto.
Quiero pensar que en algún momento alguien se atreverá a considerar ese regalo como parte de la palabra solidaridad, o al menos, como una de sus acepciones. No está la suficientemente bien medido el valor que supone el de aceptar que sí, venga, no pasa nada, no tengo prisa, me da igual, no me importa, total, qué más da, no estoy tan ocupado, nada mujer, todo sea eso en esta vida. No sé qué sería del mundo sin esas personas que somos a veces, que deberíamos ser más. No digamos ya de quienes lo son siempre.
Hay cierto vértigo en el momento en que se piensa en abandonar ese rito. Parar. Dejar de tragar. Que, toda vez que el resto de la existencia te considera el pegamento y la argamasa necesaria para que nada se derrumbe, decidas desistir. Pensarte más tú, que es lo que hace siempre el resto. Entonces el móvil deja de sonar, el del patinete te insulta, como el del carro. En la presentación oyes el murmullo de quienes se quejan de las pocas sillas libres. En la frutería, los bufidos ajenos se te acumulan en la nunca conforme pasan los minutos que un autobús no va a perdonar. Y el móvil, pasado un rato, deja en rojo la pantalla para marcar la perdida. No nos engañemos, lo hacemos por egoísmo.
Quienes queremos seguir siendo parte de esa argamasa, vivimos más felices a menos marchas. Queremos seguir pensando que si vamos en segunda mientras el resto va en quinta, llegará un momento en que, por arte de birlibirloque, acabaremos todos, con suerte, en tercera. Decidiendo, quién sabe, que el mejor remedio es precisamente recordarle al resto que lo peor de ir tan rápido es que puede aparecer un obstáculo inesperado que no podrás esquivar.
A veces cansa, por supuesto, pero es mejor así. Si el mundo no está ya en el suelo, es porque todavía estamos algunos aguantando los ladrillos. Aunque sea con un poquito de paciencia, de empatía, y de ganas porque todo salga bien. Aunque sea costa de nosotros mismos.

Qué razón llevas, amigo. Ir un poco más despacio ayuda a guardar distancia con nuestro ser más inmediato. Es difícil mantener este cemento que pega las paredes, los muros, de nuestra casa interior. Si aguantamos y hacemos que, aunque nos duela, el esfuerzo de ser empáticos y cercanos, esto nos salva de una demolición interna. Este mantener lo positivo de nuestra manera de ser nos mantiene en los momentos difíciles, sobre todo cuando ves que algunos personajes se derrumban en sus mentiras y en sus promesas.
Enhorabuena por esta nueva entrega.
Un abrazo