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Es fácil volver a donde no se estuvo nunca, aunque sea por un rato. Pero hay que avisar de los peligros de la fiesta continua, luego viene la resaca.

Lo ha hecho la Oreja de Van Gogh con su vocalista primigenia. Lo ha hecho El último de la fila. Lo lleva haciendo Joaquín Sabina bastante tiempo, aunque no termine muy bien de saberse si sí, o si no. En política, los hay que nunca se van, porque saben que acabarán llegando muchos que les pedirán, por favor, que no se vayan, aunque parezca que nunca han terminado de quedarse del todo, pero tampoco han llegado a irse, en un trampantojo espacial que tiene mucho de presencia inmaterial que alimenta a las masas, tan necesitada siempre de mitos y de divinidades.

Lo hacemos todos, no lo neguemos, cuando regresamos al bar de siempre, cuando rebuscamos en la agenda el número de aquella persona que se nos quedó colgando en el tintero de las emociones. Buceamos en Internet a ver si es verdad eso de que las fotos de Tuenti se pueden descargar. Cómo negarse a regresar a ese yo que todos guardamos intacto en algún lugar del que nos negamos a escapar del todo. Y está bien. Pero solo a veces.

Porque aunque la nostalgia sea un negocio redondo pagada por quienes se niegan a envejecer, y cobrada por los fondos de inversión del performateo mediático, para quienes no están de acuerdo en los retrocesos es un trago difícil de mantener en la boca y de llevar al estómago. De tanto recordar y añorar, por ejemplo, se empiezan a dibujar paisajes sociales donde un cuadro de Franco se traspapela en una manifestación con la naturalidad de los adoquines, en ese espacio donde la ambigüedad juega a ser ultracatólica por las mañanas y ultrajudaica por las tardes. Es fácil volver a donde no se estuvo nunca, aunque sea por un rato. Pero hay que avisar de los peligros de la fiesta continua: luego viene la resaca.

Hasta Florentino Pérez se ha tirado el triple de traer de vuelta a Mourinho. Pero por el camino ha dejado a Berlanga poco menos que como un documentalista. A ratos, oír cantar a Amaia Montero se convierte en un quiero y no puedo entre necesidad de ecualización profesional y ensayos. Y a Manolo García, genio, no está de más recordarle que tirarse hacia el público es un clásico solo si tienes la garantía de que vaya a haber quién, en el cogerte en brazos, no vaya a acabar peor que tú. Que no, que no estamos tan mal. Pero para según qué cosas, sí, y para volver a volver, se queda uno donde está. Basta con leerse dos o tres periódicos, y entre juicio y juicio, comprobar que lo peor no es que Amaia Montero desafine. Es que no hay nadie que parezca entonar mejor.

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