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Si esta tertulia sigue viva y avanza hoy, más que nunca, es porque el trato que hicimos un día sigue estando presente. Por nosotros. Por la literatura.

La tertulia Página 72 se inició hace ya hace dieciséis años, entre un grupo de profesores y escritores. No éramos muchos. No pasábamos de ocho personas. Y teníamos algo muy claro: queríamos hablar de literatos y de literatura. Prohibimos hablar de asuntos espinosos, como política o religión.

Desde el comienzo hemos estado abiertos a todo aquello que nos ayudara a crecer como grupo de escritores, y si algo teníamos claro, es que no queríamos mirarnos el ombligo, ni cultivarnos el ego, así que comenzamos a invitar a escritores de la región, uno por trimestre. Escritores con cierta relevancia a nivel regional e incluso nacional, como Irene Sánchez Carrón o José María Cumbreño, entre otros. Actualmente, gracias al patronazgo de la Fundación CB, nos visita un autor cada mes, que viene desde cualquier rincón de España.

La denominación de la tertulia surgió después de una reunión en la que cada uno puso un nombre, y el de Página 72 nos pareció singular. Quien lo propuso argumentó que obedecía a la página 72 del Códice Emilianense 60 donde, por primera vez, en una glosa de 12 líneas de texto marginal, un monje copista dejó constancia de uno de los primeros testimonios escritos en romance riojano (pre-castellano) y en euskera. Parecía interesante que nuestro grupo llevara este nombre, una referencia tan trascendental en nuestra lengua.

Seguimos un esquema regular de reuniones mensuales. Primero, un Cajón de Sastre para hablar de cuestiones de funcionamiento o de otros asuntos de interés para el grupo. Después, se discute un texto inédito de alguno de los tertulianos. Y así seguimos.

El objetivo de esta forma de hacer es superar el ego personal y dejar que los compañeros, con quienes se crecía y se crece, aconseje lo mejor para el texto y pudiera éste servir para una futura publicación. No fue fácil, y en cierta forma, no lo sigue siendo. Hubo que tocar muchos «palillos» y andarse con pies de plomo. No todos admitían correcciones de aquello que consideraba su creación «perfecta». Fuimos dándonos cuenta de que esto era una prueba de fuego que nos ayudaba a ser más humildes y a saber aceptar que no siempre se acierta. Por otro lado, poner el texto en manos de otros era y es un ejercicio de riesgo, pero también de generosidad y de confianza que nos hace crecer.

En este momento, se ha normalizado la discusión respetuosa del texto evitando el «buenisno», que no ayuda. Además, nos hace salir de nuestra zona de confort, tanto para quien escribe como para quien comenta. No es fácil hablar de lo que tiene poco peso. Esto supone un crecimiento casi estoico, o incluso, espartano. En ese sentido, el espacio que se ha levantado es tajante. Si esta tertulia sigue viva y avanza hoy, más que nunca, es porque el trato que hicimos un día sigue estando presente. Por nosotros. Por la literatura. Que no es poco.

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