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Tiene la fe, dicen, el poder de mover montañas. Pero no digamos ya cuando por el camino es capaz de mover todo el dinero del mundo.

Las dos de la tarde, 35 grados a la sombra de la portada del Obradoiro, y ahí están, sonriendo ante el cuarto o el quinto selfie que se hacen. Acaban de llegar después de no sé cuantos kilómetros, con veinte kilos en la mochila y probablemente muchas discusiones con administradores de albergues que, por amor al camino, aman llenarse la bolsa. Cientos de metas alcanzadas y celebradas. Como quien llega a Canarias en busca de la sonrisa de un Papa y se encuentra con un festival indie, o viceversa.

Y es que cuando hace calor y todo se consigue, cualquier consuelo es bueno. Tiene la fe, dicen, el poder de mover montañas. Pero no digamos ya cuando por el camino es capaz de mover todo el dinero del mundo. Justo cuando se llega ahí, a la portada del Obradoiro, y uno se masajea los pies y se abraza y se celebra con los compañeros de camino, termina todo.

Por las callejuelas empedradas de los alrededores, firmada la compostelana, hay que pelearse por la mejor ración de pulpo, esquivar los garrotes con la vieira colgando, contar las tiendas de nikis y de recuerdos, porque se haga como se haga el camino, el haber estado tiene que pagarse, no sea que uno se olvide. Por cada ave maría canario en honor a León XIV se habrán rezado dos o tres raciones de papas arrugás. Y amén.

Mi abuela, que solo fue una vez en su vida a Fátima, guardó hasta el último de sus días, como un tesoro milenario, una vela con la foto de la virgen. La recuerdo muy pocas veces encendida, en la inmensidad cavernaria de la habitación a oscuras, alumbrando como un faro al barquito tambaleante que susurraba rosarios pasillo arriba pasillo abajo. No sé cuánto le costó, pero la pagó bien pagada. Y no era de las más grandes.

No hubo vela delante que alumbrara al primer cayuco que llegó a Canarias, con la más que probable fe para arrodillarse ante un mundo mejor, pero a Dios, que ahora quiere ese mundo solo para quienes le rezan caucásicamente, tiene planes en Visa Oro, que es como se paga una vela, un plato de pulpo o un viaje a Barcelona.

Sea o no cuestión de fe, está claro que creer es rentable, un negocio redondo para el que ningún barco se pone exquisito. La lux invade a cualquiera que tenga la tentación de verse lejos de la espiritualidad reinante, y salvo desastre, como la religiosidad tiene ese don para el perdón infinito, se puede seguir siendo un ser despreciable hasta la próxima confesión, o la próxima entrevista. Motomami por el día, sacrosanta por las tardes. Y no hay de qué preocuparse, y mucho menos sentirse culpable. Dios está siempre a la vuelta de la esquina.

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