Cuando veo a alguien por redes sociales compartiendo un viaje impresionante pienso que, de no ser por ese dichoso virus, no se hubiese atrevido a hacer el Caminito del rey, o a montarse en un avión

Hay veces, según van pasando los días, en que me detengo unos segundos y me paro a pensar en cómo estaba en ese mismo instante, día tal, mes cual, en lo peor de la pandemia, allá por aquel año 2020 que nos parece ahora cosa de otra edad histórica, como si lo hubiese vivido una civilización antigua de la que nos llegan ecos muy leves. Es un análisis que no dura nada, ya digo, unos pocos segundos. Me sirve un poco para ver las consecuencias de aquello, o en qué hemos cambiado, y qué códigos casi imperceptibles hemos reprogramado, cada cual, en su propio sistema, para haber llegado hasta aquí y seguir, pese a todo. Todas las veces llego a la misma conclusión: todo, absolutamente, es consecuencia de ese ayer en que nos tambaleamos. Menuda sorpresa, ¿no? Somos consecuencia de los hechos que vivimos. Anda que has ido a descubrir la pólvora tú ahora, oigo sin oír, a lo lejos. Vale. Pero una pandemia no son unos hechos simples que vivir. Aquella pandemia fue otra cosa. Y nosotros, todos, quienes seguimos aquí, muy distintos por culpa de eso.
Porque hasta 2020, salvo en escasas excepciones, mi vida fue un encefalograma más o menos plano. Hablo por mí, claro. No quiero que nadie se venga a mi saco diciendo que su vida fue una montaña rusa absoluta. Pero me cuesta imaginar a alguien de mi entorno que no considere aquel momento como determinante. Yo voy más allá. Cuando veo a alguien por redes sociales compartiendo un viaje impresionante pienso que, de no ser por ese dichoso virus, no se hubiese atrevido a hacer el Caminito del rey, o a montarse en un avión y plantarse en la cima de una montaña que vio un día solo por fotos, y que ahora forma parte de las suyas para que los demás sepamos que existe. Tampoco creo que la casita de Bad Bunny existiese hoy de no ser por “la covid”. No digamos ya lo de los mundiales de cuarenta y ocho equipos y las pausas para beber en partidos donde no se llega a los treinta y cinco grados. Pero está también la gente que ha desaparecido entre los árboles, la playa, las piedras y las nubes. Solo se les ve de vez en cuando. Y les aplaudo. En mis análisis pospandémicos de pocos segundos, tienen un espacio de honor.
Que sí, que ya hace mucho de la pandemia, que está todo escrito y que estamos a otra cosa. Pero esa otra cosa es la que a mí me fascina: la forma en que nos hemos repartido todos los días después del diciembre de 2020. De no ser por quienes se pusieron a hacer dulces, quizás hoy no existirían tantas magdalenas para celíacos. Qué sería de medio gremio musical sin aquel invento de los tiny desk, y tras tantos campos vacíos durante una temporada entera, pausas para beber que caigan para hidratar las cuentas de la FIFA.
No salimos mejores, pero salimos, como siempre, divididos en el mismo redil: por un lado, los de la casita y los festis saben que la única manera de vivir es recordándole al resto todo el rato que lo siguen haciendo, y los demás, quienes se fueron lejos y hacia adentro, abandonaron las redes y simplemente prefirieron volver a tocar la cima de la montaña con una mano y coger con la otra la de quienes eligieron como compañía, o la suya propia, llegaron a la conclusión de que, puestos a tener que volver a encerrarse otra vez, mejor hacerlo en silencio. Porque el ruido, al final, solo sirve para tapar el eco siempre necesario de la buena memoria.
