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Pocas cosas habrá más sintomáticas de estos tiempos narcisistas y solitarios que hablarle a un móvil con la esperanza de recibir contestación en algún momento.

Me escribe un amigo. Bueno, debería decir me habla. Pero lo hace en diferido. Otro audio de WhatsApp. Y no un audio corto precisamente. No. No es un hola qué tal cómo estás. Es un monólogo de casi cinco minutos para explicarme un asunto importante (para él) que yo inmediatamente paso a transcribir (gracias, Meta, por tan poco). Voy leyendo la triste traducción que la dichosa apepé hace del soliloquio, y completo poco a poco, cual arqueólogo fascinado ante la última estela egipcia, como quien juega un ahorcado solitario, el mensaje, letra a letra, palabra a palabra, cada dos o tres espacios. Qué cruz.

Cedí en su día a WhatsApp porque no quedó otra, como a Tuenti, Facebook, Instagram y todo lo que vino después, como quien termina comprándose la tele a pesar de estar contento con el periódico y con la radio. Me costó. Vi muchas ventajas en su momento, de vez en cuando sigo pensando que merece la pena (aunque sea por estar conectado a quien quieres y tienes lejos) y por mantener ese etéreo que es “la red de contactos”, sea lo que sea, y sea donde sea. Pero tengo que reconocer que estoy llevando regular el duelo de la escritura.

Porque WhatsApp, como el vídeo a la estrella de la radio, está empeñado en matar a la gramática y a la ortografía. Ahora que es evidente que llamamos menos, y cuando precisamente se escribe menos todavía, hemos sucumbido al terrible vicio de dictar y grabar audios. Sabemos desde hace tiempo que lo de ser humanos conlleva asumir no pocas contradicciones, pero que optemos por las llamadas en diferido como si el llamar ya no existiese, y que, además, convirtamos las conversaciones en lo más parecido a tertulias radiofónicas, es de largo el verdadero síntoma del fin de la civilización.

Aunque bien pensado, pocas cosas habrá más sintomáticas de estos tiempos narcisistas y solitarios que hablarle a un móvil con la esperanza de recibir contestación en algún momento. Es lo más parecido a lanzar una botella al mar, de la red, esperando que entre cifrado y cifrado, el amigo que aguanta el chaparrón te responda tras el resoplido.

Dicen que se lee menos, y será verdad. Dicen que se ven menos películas, y será verdad. Yo solo sé que en el mismo momento en que se acepta que lo más práctico es necesariamente lo más útil, estamos perdidos. La inmediatez no tiene nada que ver con lo más inmediato para uno mismo. Cuando hace trescientos años alguien enviaba correo postal con la fe de que las noticias llegasen cuanto antes, todo dependía de un puñado bien repartido de caballos, y de la pericia de quienes los montaban.

Ahora que el caballo ya vuela, y que las herraduras ya ni siquiera tienen sentido desde la buena suerte, hemos ido hacia atrás: pudiendo resolverlo todo cuanto antes, nos hemos quedado a medio camino, como el náufrago que lanza la botella sabiendo que, a unas malas, siempre puede subirse al barco que acaba de atracar. Como si no se fiara del todo de lo que está viendo y prefiriese que le contasen lo que está ocurriendo, en lugar de descubrirlo por sí mismo. Así estamos. Más contentos en nuestra isla, a nuestras cosas, sacándonos pelillos al ombligo. Y que le den al amigo, que no tiene nada mejor que hacer que ponerse a descifrar mis problemas, por si da con la tecla que yo no quiero tocar.

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