El verano es una estación larga, a veces dura, pero es hondamente necesaria. El verano es el mármol de los recuerdos

Puede que sean los cuarenta y tres grados a la sombra, las cervezas heladas con o sin alcohol, el vuelo de los vencejos buscando su particular media ración. El paseo por el mercadillo buscando la huerta en una batea, y el lino en los pantalones cortos y en las blusas. Una conversación que se alarga a la sombra de un olivo centenario que dejó un día el bancal del campo y se mudó a dos metros cuadrados de alcorque para recordarnos otras formas de respirar. La mirada profunda y silenciosa de un gato tomando la forma de las tejas. Acostarse en el césped húmedo de la piscina y escuchar el pique entre las conversaciones humanas y las de los sauces.
En las ciudades, grandes, medianas o pequeñas, los pájaros pronto empezarán a moverse sin miedo a que sus vidas se vean comprometidas por los seguros de automóvil y los quicios de las ventanas. Verlos por la noche arremolinados en los magnolios y en los plátanos es una pincelada de aquellos días de pandemia en que la naturaleza nos quiso recordar que una vez todos los lugares eran su sitio y quienes sobrábamos éramos nosotros.
En los pueblos, el sol irá marcando el reloj más ancho en las paredes encaladas, y las manecillas se pasearán por las fachadas buscando mosquitos, cuando no serán los broches que quiso De la Serna para las noches de feria. En las senaras retumbarán los motores que dan de beber a los surcos. Y tan pronto se vaya quemando el día desde el horizonte, como un cigarro a medio acabar, se encenderán los pasos más lentos. Las aceras se podrán saludar, unas y otras, sin nada por el medio que les corte la conversación. Julio es un poco así, según se vaya deslizando cuesta abajo hacia agosto. Como un tobogán con flotador.
No es la estación más agradable, por supuesto. Las noches sufridas, los mediodías que se extienden hasta las tardes, las sombras cotizadas como áticos, son la demostración de que la competición por encontrar respiro es encarnizada. El verano es una estación larga, a veces dura, pero es hondamente necesaria. El verano es el mármol de los recuerdos. El lienzo que contemplaremos un día pensando si pasó o no pasó, si fue allí o en otro lugar.
No hay nostalgia que no tenga escenas rodadas cerca del mar o de una alberca, huela a higuera y a tomates. A tres horas de viaje, a avión, a billete de tren o de autobús. A aire acondicionado y a parque. A maleta, a mochila, a cesto de mimbre, a nevera, a filete empanado y a sandía. A hueco bajo el piso desde donde por fin se puede ver el coche. Y es normal. El verano, para quien puede, es el escape del infierno. Para quien no, es el momento en el que toca retirarse hacia adentro hasta que el otoño ayude a encontrar los pedazos. Es el recordatorio de los pasos lentos que una vez decidimos abandonar porque la vida nos empujaba a correr, pero nos negamos a enterrar. Y empieza ahora, cuando julio se despereza. Habrá que aprovecharlo.
