Hay rincones donde el tiempo compite contra sí mismo, donde se cruza y podríamos decir que casi se pelea

Me detengo en un rincón a hacer eso que casi solo puede hacerse en verano y a la sombra, que es ver la vida pasar, o lo que es lo mismo, sentarse a ver lo que hace el resto del mundo mientras uno observa. Sociología de la quietud, del no hacer nada, del aburrimiento o de la espera. Pero en ese rincón no solo está pasando la vida. Pasan más cosas.
Al cabo de unos segundos de haber tirado la foto, reparo en que la imagen, aparte de un cielo de terciopelo muy azul que ya hubiese querido para sí David Lynch, también tiene sus árboles, sus personitas yendo de aquí para allá, su calçadinha delatando mínimamente la localización… Y dos mercados. Uno bien conocido. El otro, también, pero por otros motivos menos seculares, no precisa de anuncio.
Hay rincones donde el tiempo compite contra sí mismo, donde se cruza y podríamos decir que casi se pelea. Ahí, en ese espacio casual, conviven en lucha constante, como dos gallos que quizás no han elegido ese destino precisamente, un supermercado moderno, con sus cajeros de autopago y sus cajeros personales, sus estanterías refrigeradas, su droguería, su chancleteo, su autoservicio, sus prisas, sus reclamaciones, sus colas. Los zumos naturales, la negación del gluten dándose codazos con el exceso de azúcar, un guardia de seguridad que hará lo posible porque los diez euros de alcohol de algún bolsillo se queden en la caja. Los turistas, que somos todos en algún momento, queriendo ahorrar unos minutos. No hay, eso sí, fotos.
A pocos metros, están los muros salmón descascarillados con sus rebordes blancos, sus rejerías, antes del gran salón con sus puestos de mármol hasta arriba de dulces, frutas, verduras, y pescado, mucho pescado, demasiado pescado, todo el pescado del mundo. Se diría que hay en algún lugar, escondido, fondeado en la imaginación constante de quien observa, un barco invisible que descarga, sin parar, cajones de pescado. Los pombalinos del fondo son el croma omnipresente en cada selfie compartido con gallos, peces espada, sandías sisifescas, tomates como balas de cañón encendidas, milfolhas rellenas de todos los sabores de cualquier infancia. Café. Café en el aire, en el suelo, en las manos, en las bolsas. Sobra el tiempo. Y sobran las fotos.
He perdido la cuenta de los papeles, artículos, crónicas, hasta libros, donde he leído eso de la suspensión temporal: lugares donde el tiempo parece haberse detenido, o a lo sumo va muy despacio. Pero no. Estoy en contra de esa idea. El tiempo no va solo. Lo manejamos nosotros. Lo manejan algunas personas, que deciden, con acciones o decisiones en apariencia insignificantes, bajarle marchas al mundo. Son sitios donde los azulejos aguantan a duras penas, pero las conversaciones no se acaban, se redescubren viejas historias, recetas, artículos que se creían ya enterrados bajo toneladas de añoranza y recuerdos. Aquel pueblo. La playa donde. Portugal. Un mercado contra un Super-mercado. Microcosmos víctimas del desencanto de los esclavos de la prisa, que venimos a parar aquí, a descubrir la pólvora, inventada desde el primer nanosegundo: el tiempo, y quien le tiene, se tiene, respeto. Para pararse. Para observar, mirar, interesarse, ser curioso. Tiempo. Y saber tomarlo como si pesase, ocupase su lugar donde y como debe. No hay más.
