Basta nombrar a una sábana que se mueve como el vecino que se odia, como el forastero, como el otro, siempre lejos, para que el miedo se nos despegue de la piel

Normalmente las cosas con poco fondo o con poca verdad suelen pasar en verano. El desoficio más o menos generalizado alimenta la imaginación, y de ahí al miedo y al oportunismo no hay ni medio palmo. Lo saben bien los periódicos deportivos y los menos dados al ejercicio. Ahora se anuncian fichajes que jamás se llegan a materializar, y se da pábulo a teorías que sonrojarían a Asimov. De igual forma, poco importa si se vive rodeado de quinientos vecinos o de cinco millones. Elucubrar es gratis, y no figura en las estadísticas. Las consecuencias, la inmensa mayoría de las veces, tampoco.
En verano se cazan los gamusinos, salen las pantarujas a pasear, y se dedican a hacer de los suyas los aullones, esos seres que todo el mundo sabe quiénes son debajo de sus sábanas blancas, pero nadie conoce. Siendo aullón se aprovecha para todo: para asustar a quien se lo merece, colarse en sus pesadillas, esperarle en los callejones más oscuros, y hasta para robarle. Pero siendo víctima, el chollo es macanudo, ya que se puede culpar a quien se quiera, que el manto da toda la libertad acusatoria que se quiera.
La mal llamada España negra, la de las casas de piedra o de cal, en los márgenes, monopoliza el relato del horror, pero las capuchas no necesitan estar cerca del terruño ni alejarse del asfalto para multiplicar su efecto. La actualidad, eso que pasa mientras estamos a todo lo que hacemos como que nos importa, funciona con el ímpetu de los aullones y de sus desamparados objetivos. Basta la capucha para hacer lo que se quiera. Basta nombrar a una sábana que se mueve como el vecino que se odia, como el forastero, como el otro, siempre lejos, para que el miedo se nos despegue de la piel, se vaya a la punta del dedo índice, y toda vez que lo agitemos, creamos verlo volar, escapar, para posarse en quien deseamos que cargue con ese escozor. Ojalá funcionase como solución, y no como conflicto en sí mismo.
Los campos seguirán ardiendo, las fronteras seguirán siendo el borde de todos nuestros errores, fatalismos y miserias, y la culpabilidad, chapapote emocional indestructible, seguirá siendo ese fantasma que vive en el armario y que fingimos no ver cuando vamos a por el bañador. Por decir que vive en otro armario no va a salir de ahí. No nos libraremos de él tan fácilmente. Ni en verano, ni en el otoño que poco a poco quiere posarse sobre los tejados con el mismo afán que el sol que ahora derrite ideas y sueños.
Lo peor es que esto no se soluciona con el cambio estacional: mañana vendrán los abrigos y los paraguas y seguiremos temerosos de encontrarnos al fantasma cuando saquemos la trenca y las botas. Pero no se irá. Cada cual tiene a su fantasma, a su aullón esperando a la vuelta de la esquina. Y mientras se siga huyendo de él unos días, o siendo quien asusta, no habrá armario sin uno dentro.
