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Ahora que el fuego se huele desde el punto de partida de todos los kilómetros, se entiende real, no imaginado, ni deseado, sino temido, odiado, llorado.

Quienes hemos nacido en lugares donde el humo no sale exclusivamente de un motor tenemos una relación particular con el fuego. Por eso cuando vemos que somete con tanta fuerza a tanta gente, nos extrañamos. Al fuego normalmente se le convoca, se le invita, se le llama. No viene solo. Hay incendios provocados por rayos, por extrañas fricciones. Pero en lo más hondo todos entendemos que el fuego es un arcano al que cuesta hacer vivir. Que por propia voluntad es muy raro que acuda raudo a hacer su feroz magia. El fuego viene para darle trabajo a un caldero, a una lumbre, a una chimenea, a un brasero. Viene para que los sarmientos muertos dejen espacio a los nuevos. El fuego viene para llevarse algo que por necesidad tiene que darle sitio a lo nuevo, a lo vivo, a lo que lucha por salir adelante.

El fuego le sigue dando sentido a los inviernos entre las piedras, y sigue siendo el único motor de la memoria que no se aguanta sobre un papel, pero sí sobre los paladares y los verbos más viejos, cantarines en verano, dichosos en primavera, nostálgicos en otoño. Bajo la lupa de la mirada experta es la yesca necesaria, temerosa de ser el principio de un infierno nunca deseado.

Arden el monte y el bosque, otra vez. Pero lo hacen ahora alrededor de quienes ven en él el olvido. El espacio que solo sirve como liberación temporal. Todos los incendios duelen, porque el fuego, cuando se deja al azar, cuando no purifica, abre la puerta al peor de los augurios.

Ahora que vuelve a hacer acto de presencia, si es que alguna vez se ha ido, regresa para recordarnos la existencia de muchos espacios desde su temida desaparición. Ahora que el fuego se lleva por delante las afueras de la capital, lloramos por el pino que existe desde la pantalla, por el río que vemos arrastrar las cenizas de otro fin de semana perdido, por el ciervo que no sabíamos que podía sudar por calor y terror en una finca que encuadra sus carreras.

Ahora que el fuego se huele desde el punto de partida de todos los kilómetros, se entiende real, no imaginado, ni deseado, sino temido, odiado, llorado. Como esos fantasmas que se dejan encerrados en los pueblos, entre muros verdosos, ventanas lloronas, armarios polvorientos y cuadros color sepia, esperando que el tiempo, como a los cuerpos a los que un día pertenecieron, los apague y los deje mudos de calor y de memoria.

Nunca es tarde, pero siempre suele serlo. Las desgracias apocalípticas, en rojo y negro, que parecen monopolio de las periferias, tiñen ahora el cielo triunfante de unos pocos del mismo color del que ven muchos su futuro desde hace mucho tiempo, quizás demasiado. Es crudo, pero no menos real. Y solo cuando la realidad es la misma para todo el mundo, se vuelve de verdad incómoda y desagradable, porque es traída de nuevo hacia arriba desde las profundidades y las lejanías, puesta encima de la mesa. Es, por fin, compartida. Y por qué no decirlo, exige sin ambages erigirse en la excusa perfecta para el nunca más que muchos ya no esperan, pero ahora, desde los altavoces que suenan siempre más fuertes, se compra carísimo fuera de las urnas. El resto del tiempo es, por desgracia, humo. Siempre humo.

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