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Puede que nos tengamos que mirar el porqué del deporte como pegamento cuando todo parece que está roto y no hay manera de arreglarlo

San Isidro, en una carpa atestada, en mi pueblo, con mi padre. Una polvareda impresionante.  Y va Zidane y la mete en la escuadra. Fue la primera vez que me coloqué delante de una pantalla a ver esto que llamamos fútbol. A ver a veintidós tíos que cobran mucho corriendo detrás de un balón. Luego vino lo de Corea, las partidas al FIFA, al PRO,  los recreos donde no jugaba porque era muy malo y los buenos no me dejaban. Las carreras por la calle, los balonazos a la puerta del cuartel de la guardia civil del pueblo. Hacer porterías en un campo de tierra. Jugar en cadetes, en infantiles, en juveniles. Irme a otro pueblo a intentarlo. Rendirme porque ya no daba más de sí. Volver a verlo por la tele. Vibrar con el equipo del que me hicieron sin saber por qué, por Butragueño, por Sanchís, por Camacho. Qué sé yo, mientras la Selección era eso que fastidiaba los fines de semana. Recuperar la ilusión, para luego perderla.

Ver todo esto como una simpleza absurda, tomar distancia, alejarme de las pasiones irracionales, injustas, salvajes. Emigrar a donde lo inventaron para acabar, irónicamente, todavía no sé por qué, quitándome de él. Viendo más rugby. Quizás porque esto se lleva regular en soledad. Quizás porque ahí reside el secreto del fútbol, y de todo, quizás: compartirlo. Como todo lo que merece la pena en la vida.

De todas las cosas que no son importantes, el fútbol sigue sin ser importante. No me convencerán de lo contrario. Pero aquí estamos. Ahí estuvimos, hace mucho, recordaremos un día, quizá de casualidad, cuando se nos escape la memoria y nos atrevamos a viajar por todos los momentos nada trascendentales y nada importantes de nuestra vida, y que sin embargo sobreviven sin saber cómo. Recordaremos, por ejemplo, lo que cuesta una bandera. Y el por qué de levantarla. Y puede, por qué no, que nos tengamos que mirar el porqué del deporte como pegamento cuando todo parece que está roto y no hay manera de arreglarlo. Y por qué es lo único que parece funcionar, aunque solo sea un rato, antes de volver, como aquellos locos en un frente perdido de la Gran Guerra en plena navidad, a jugar a los disparos tras dejar el balón.

Claro que el fútbol no es importante. Claro que es lunes, y que hay que seguir, pese a todo. Pero hay una lógica todavía sin descifrar detrás de un gol, como detrás de una canasta, de un raquetazo, como lo que hay detrás de un buen libro, una buena peli o el concierto de nuestras vidas: por un instante de plenitud compartida, de sensación de eternidad, vale la pena todo. Estamos para eso.

Lo sabe un abuelo que vive con una bombona de oxígeno como mejor escudera mientras ve a su nieto tocar las nubes. Lo sabe un grupo de chavales gazatíes mutilados, celebrando desde el infierno una victoria que no es suya, pero sabiendo que el cielo existe, aunque no tengan billete para volar y tengan que ser otros quienes se lo enseñen.

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