Hay una manera extraña en considerar al reloj como una herramienta necesaria, pero llega de repente una fase de la vida en la que el tiempo se aparece como una entidad que solo existe al nombrarla

Hubo una época que a mi familia le dio por regalarme relojes. Empecé a acumularlos, creo, allá por la comunión. Estrené esa rara colección con un Casio, que es el único que recuerdo, junto con otro que vino poco después, enorme, con la correa de cuero y una esfera inmensa que me sobresalía por la muñeca. Vinieron algunos más de los que me he olvidado. Nunca he sido muy de usar reloj. Hasta que me dio por correr.
Compré un reloj deportivo y ahí está, agarrado a la muñeca, marcándome datos de mi cuerpo que ni siquiera sabía que eran ponderables ni medibles. Es útil, sí. Pero me ha costado acostumbrarme.
Usar reloj es como usar una esposa al tiempo. Se ancla uno a ese sistema en el que no obedecer las reglas del número implica retrasos, posibles reprimendas, y ese pecado ateo que asusta tanto a unos y es casi un deporte para otros: llegar tarde. Aún así, pese a ser de los últimos en llegar al club, siempre he sido puntual, salvo rarísimas excepciones, y no me he visto en la obligación de anclar mi muñeca a esa esclavitud. Salvo el móvil, reloj de auxilio, el reloj nunca me ha acompañado. Hasta ahora.
Hay una manera extraña en considerar al reloj como una herramienta necesaria, pero llega de repente una fase de la vida en la que el tiempo se aparece como una entidad que solo existe al nombrarla. Ni siquiera es palpable, tangible, es una invención que nos ha ayudado a darle sentido matemático a los inicios, a los finales, a la inmensidad y a la finitud, pero que, llegado a ese punto en el que quedan menos vueltas de manecilla por detrás que por delante, empieza a pesar tan poco que casi puede salir volando, sin carga alguna.
Ahora que ya hace calor, y la piel del brazo se empieza a tostar, el reloj sigue ahí, aunque no esté, dejando su silueta blanca en la muñeca, como la marca de un mueble que se han llevado a otro lugar dentro de un hogar ya ruinoso que necesita reformas. Me recuerdo en un tiempo en que la muñeca y el resto del brazo tenían el mismo color, cuando todavía no sabía siquiera lo que era leer todas las horas desde una pantalla redonda en lugar de rectangular. Y es una sensación claustrofóbica.
Sin reloj, qué tontería, uno puede pensar en una longitud mayor de los días. Con él, en cambio, siempre quedan horas hasta otro comienzo, y hay un final desde un principio. No, no me gustan los relojes, pero tengo que reconocer que nos hacen más fiables, aunque eso suponga, qué le vamos a hacer, esposarnos al tiempo del que nos permiten acordarnos, al que nos mantienen anclados, o del que huimos, pese a su omnipresencia desde una muñeca.
