La mala noticia no es que un sitio cierre, es que se lleve todo consigo

Algo se muere en el alma cuando cierran los sitios donde a la gente se le dice hola, adiós y hasta luego tantas veces que uno termina naturalizando que puede que no sea para siempre. No las personas especiales, que también. Si no el sitio.
Ahora que cuesta tanto sentirse bien incluso en casa —no digamos ya fuera de ella— duele saber que se caigan pedazos de otro hogar donde vive todavía algo de lo que se ha sido y se es, y se querría seguir siendo. Casa es donde uno se sabe con la única responsabilidad de estar a gusto. Cuando eso se acaba, cuesta hacer la mudanza.
Ese concepto tan quimérico que es la identidad, tan mal aprovechado, tan maltratado, sobrevive, al final, es espacios muy concretos. No suelen ser nunca sitios muy transitados, ni muy turísticos, porque esos sitios, los transitados y los turísticos, necesitan transformarse continuamente para que siga pareciendo que el mundo les tolera. Y aunque a quienes los regentan les gustaría que así fuese, es precisamente al contrario, porque la identidad no tiene nada que ver con los colores, las formas, las normas, ni ningún misterio insondable o ritual.
La identidad es eso que unos cuantos dejan a otros con el poco amor que les ha ido sobrando por el camino, y estos, a su vez, piensan en dejarle a los que vendrán después. No cabe entonces ningún odio ni ningún aparte. Es una operación de suma que no piensa en ningún cero, porque todo el mundo suele ganar más de lo que una vez pensó en jugarse.
Cuando te cambia la cara, te salen canas, te duele la espalda, los pies, estás cansado otra semana y en el rostro se empiezan a anunciar las malas noticias, los lugares que no cambian salvo en lo importante están para recordarnos que el tiempo es eso que pasa solo cuando no prestamos atención a lo importante. Nosotros, y quienes nos lo hacen más fácil. Todo. Da igual que sea un bar, una pastelería, una mercería, una tienda de zapatos o un ultramarinos. Sí, hay sitios que si mueren se llevan con justicia todo lo que han sido, por supuesto. No todo el mundo se va sin merecerlo. Pero como todas las despedidas, las que duelen más son por supuesto, las inesperadas. Ahí se llevan, te dices sin decirte, porque no hace falta, otro lugar especial conmigo dentro. Y van tantos ya, que el día que quieras hacer el puzzle, claro, no te cabrán las piezas en ningún sitio.
La mala noticia no es que un sitio cierre, es que se lleve todo consigo. Queda la sensación que detrás de la persiana, aparte de los cubiertos, la caja registradora, los vasos, el mobiliario y la decoración, también están empaquetando a toda la gente que conociste, están metiendo en botes los recuerdos, y las risas se las llevan en tápers vete tú a saber dónde. Puede que a un sitio que poco a poco, según se van tirando tabiques, construyendo balcones y taladrando paredes donde se colgarán carteles nuevos, se queda uno solo consigo mismo, hasta que un día ya no eres capaz de recordar cuánto costaba aquella ración, si en el tirador tenían esta o aquella cerveza, o en la vinoteca había más vinos de la tierra que de la Rioja. O ya no recuerdas si fue allí o no donde, por primera vez, supiste que esa persona que fue capaz de aguantarte toda la noche, iba a ser capaz de aguantarte toda la vida. Cómo no va a doler.
