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Desde el momento en que ponemos un pie en este mundo, el poder blando nos convierte en peones de una partida que se juega a muy alto nivel

Hay en política un término preciso que define muy bien lo que de toda la vida se ha malentendido como diplomacia de segundo nivel o buenas relaciones, sin más. Puede que el invento, culpa de la situación geopolítica actual, esté ahora mucho más claro, pese a que todavía, con todas las herramientas con las que contamos, podamos ignorar mucho más de lo que nos podríamos atrever a conocer.

Es el poder blando. Explica, por ejemplo, que cada vez cueste más encontrar un ultramarinos que un bazar oriental. No, no es un alegato ultranacionalista. Es política, es diplomacia. Hasta hace no mucho nos hablaban de globalización. Hubo políticos con aroma carcelaria que lo redujeron al mercado, amigos. También puede ser. Pero hay más cosas ahí debajo. Como con todo, conviene rascar, porque si uno se queda en la superficie, con la cáscara, no hay fruta que guste.

El ejemplo del bazar se puede traspapelar fácil con un relato vacío y hasta políticamente hipócrita —sin ambages—. Nadie se rasga las vestiduras con el cine americano de superhéroes que se lleva por delante en taquilla a producciones independientes bastante dignas, ni nos ponemos exquisitos con la nacionalización ultrarrápida del último fichaje estrella del equipo. Sabemos muy bien elegir los sarpullidos. Pero convendría, a la vez, saber qué los producen. De la misma manera que nadie va a consulta directamente a culpar de las irritaciones al facultativo, es muy sano pararse a comprobar por qué hay sarnas que pican con más gusto que otras.

El poder blando no tiene nada que ver con las texturas. Es una mezcla de intereses compartidos, manejo funambulista del doble discurso y la hipocresía, y por qué no decirlo, tiene un poco de fatalismo psicopático. Explica también, por ejemplo, que empresas españolas en Arabia hayan metido millones para llenar el desierto de una alta velocidad de la que muchas regiones españolísimas, y orgullosas de serlo, todavía carecen. Explica también, conviene recordarlo, que seamos cómplices de holocaustos posmodernos mientras compartimos reels lacrimógenos desde campos de concentración reconvertidos en parques temáticos.

Oiremos cientos de veces que el paraíso occidental donde vivimos se está viniendo abajo, que nuestros valores están, o deben estarlo, más alineados con el mundo anglosajón de palomitas, hamburguesa, guerra justificada y centro comercial. Desde el momento en que ponemos un pie en este mundo, el poder blando nos convierte en peones de una partida que se juega a muy alto nivel, y que no somos conscientes de hasta qué punto se lleva por delante hasta nuestra propia percepción.

Tal es así, que hemos aceptado, sin rechistar lo más mínimo, el mantra de los autocuidados y la autopercepción: la prioridad para con uno mismo. Solos, aislados en nuestras mínimas realidades. Una idea tramposa que no es más que el prólogo del manual del invento, un contrato que aún así, hemos firmado sin leer. Lo mismo para unas fotos, un reel, que para acatar que compartirnos, ser uno con cualquier otro, se considera una pérdida de libertad, un trasvase intolerable de límites que nos hace débiles, dependientes, emocionalmente inestables y esclavos.

La salud mental, ese melón, cuya importancia entre todos estamos poniendo de manifiesto a la vez que la vilipendiamos con un absurdo individualismo y una estrategia medida de alienamiento, es otra herramienta como el deporte, el cine, o la gastronomía, al servicio de una idea y una filosofía, el poder blando, que no ha tenido que esforzarse mucho para convencernos de que solos somos más fuertes, y que no necesitamos a nadie más para cumplir con nuestras expectativas. Así se explica todo, desde que toleremos el expolio de la vivienda por parte de grandes grupos inversores internacionales, hasta la pirueta moral que supone rechazar la inmigración, pero celebrar goles extranjeros, por no hablar de la ceguera ante las causas que explican la violencia de género. Y nos quedamos tan panchos. Y blandos, como el poder nos quiere.

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