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Lo bueno de ese espacio, el de la feria del libro, es que siempre se acaba encontrando uno con uno mismo

La primera vez que tuve conciencia de los cambios estacionales fue hace años, quizá siglos, y la culpa la tuvo el limonero que había en el patio de mis abuelos. Yo vivía con mi familia justo encima, en esa casa del pueblo, en pie todavía, que no conocía por entonces los límites legales de las viviendas independientes.

Desde ahí, desde la terraza del piso, veía al limonero reverdecer, florecer, para luego cuajarse de esos perlones dorados y ácidos que convertíamos en parte imprescindible de merengues, bizcochos, o en secretos de buenas torrijas y magdalenas. A la vez que el limonero mudaba de piel, yo mudaba de página. Esa simbiosis crucial me ha acompañado toda la vida —quiero pensar que de algún modo todavía me acompaña— y viene lenta, como los correos importantes, otro mes de mayo que es, además de mes de romerías, inicio de festivales, primeras ferias y quedadas campestres y jardineras, el de las ferias de los libros.

Siempre he pensado que los que amamos las letras somos grupis silenciosos. Hay una espiritualidad serena y tranquila en la literatura que nos hace seres leves y relajados, o quizás sea precisamente el contexto el que nos baja la marcha. Nadie grita cuando ve llegar a la caseta de firmas a su autora favorita. Simplemente sonríe, mientras la ve caminar despacio hasta la silla desde donde dejará grabado en tinta un recuerdo frágil pero siempre potente en cada primera página. Es una escena muy diferente a la que podemos protagonizar en un festival o en un concierto. Por eso me gusta mayo, que aparte de ser el mes en que los limoneros me muestran desde bien temprano que la belleza necesita tiempo, es el mes de las ferias de la quietud, de la celebración de la intimidad, del sosiego. De los libros.

Aunque no esté en esa racha lectora voraz que va y viene, como van y vienen los días en que se come helado, me gusta pasear los libros, caminarlos, moverme entre ellos y entre esas casetas donde se amontonan y se levantan formando paredes de imaginación ante un mundo que abomina de ella. Da igual si uno lee mucho, poco o nada. Sigue siendo un ejercicio interesante visitar las ferias de los libros y recorrerlas como quien recorre una playa buscando la relajación de los granos de arena entre los pies, o un casco histórico ávido de monumentos, porque ahí se siente lo que hay detrás de la sana costumbre de leer, que tiene mucho de meterse debajo de un paraguas cuando llueve ansiedad, prisa y necesidad de estar en todos lados todo el rato. Lo bueno de ese espacio, aunque haya que escarbar mucho, es que siempre se acaba encontrando uno con uno mismo.

No fue ni en la primera, ni en la segunda, ni en la tercera feria donde descubrí el primer libro que leía cuando reparé en los cambios que puede llegar a experimentar un limonero. Y yo mismo, claro, hasta la última hoja, y página. Fue hace relativamente poco cuando me reencontré con ese libro. Y lo primero que hice, antes que leer una frase o un párrafo, fue olerlo, como queriendo encontrar allí, entre las hojas amarillentas, el mismo aroma que me traje del colegio a casa, cuando lo robé sin que nadie se diese cuenta. Aquel perfume perdido no estaba, claro. Pero por un momento, yo sí. Leer también es eso. Y encontrarse entre las páginas, o perderse, pasa mucho ahí, en las ferias del libro.

One Comment

  • Qué magnifico el paralelismo que estableces entre el limonero en su ir y venir estacional y manteniéndose vivo con las ferias del libro y tu actitud ante los mismos. Es verdad. Hay un ir venir que nos atraviesa a modo de estaciones interiores que nos hace estar vivos ante los libros. Qué seriamos sin ellos. Gracias, Lázaro. Sigue así empujando el fuelle que calienta nuestra fragua de la inquietud con estas reflexiones, muy tuyas. Gracias

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